27 sept. 2012

Snapshot 001

(...) fue por honestidad por lo que no me empeñé en aporrear un piano durante años ni en dar lecciones de solfeo que no hubieran solucionado nada. Por cruel que hubiera sido, aquella toma de conciencia me había hecho ganar tiempo; sin dejarme la menor huella de amargura, había conservado un gran gusto por la vida. Y, a veces, me preguntaba si mi entereza se debía a los recursos de mi carácter (que supo hacer ese fracaso moralmente soportable) o a los recursos de Laurence (que supo hacerlo materialmente soportable). Sin duda, a los recursos de ambos. 

 La soga, Françoise Sagan

Ayer tuve un día de sentirme un poco inferior, de verme atrapada en una situación y un trabajo; de sentirme desaprovechada. Y entonces pensé que quizá, siendo honestos, no era cuestión de este conformismo que detesto y que a veces se demuestra como rasgo fundamental de mi carácter (lo que detesto aun más). Quizá fuera eso simplemente, una honestidad terrible y cruel. Hasta aquí. Para rematar, me encontré con el párrafo de más arriba en el tren. 

Pero eso fue ayer. Y hoy ya no lo pienso. Destierro ese pensamiento de mi mente por sumamente triste y doloroso. Porque al final será cierto lo que dicen, soy una persona fuerte. Fuerte, dura, como una piedra (¿que no se mueve?). Ha funcionado. El sentimiento parece haberse trasladado al cielo, que está tan oscuro y apagado como ayer me sentía.

Ahora queda una lucha más ardua, una batalla más larga, contra mi cruel conformismo. Un enemigo voraz y feroz. Pero no pienso hacerme la débil, ni ser la víctima. 

23 sept. 2012

Fragmentos cinéfilos 6: Murder by Death

Esta película os la vamos a recomendar porque estamos enamoradas. Enamoradas del cine de los 70, de Peter Sellers y su acento chino; de la corrección con la que Truman Capote habla inglés. Porque nos encantan esas pelis que rozan la serie B, enrevesadas hasta la enésima vuelta de tuerca para explotar al máximo la gracia de los absurdo; pastiche de arquetipos detectivescos; de tópicos en la escena del crimen, clichés fotocopiados. mayordomo sospechoso incluido; con Peter Falk haciendo de vaquero en esmoquin (el inolvidable teniente Columbo) y Maggie Smith divina en sus años mozos (Maggie nació señora, seguro). 

Es un argumento que hemos visto mil veces, pero que no deja de resultar llamativo: una casa en el confín del mundo, un viejo y excéntrico multimillonario que agrupa a la crème de los detectives del momento. Lluvia y pánico. La premisa es sencilla: se os invita a cenar y a un asesinato. ¿Quién se puede negar? 

Una de esas comedias negras que ya no se hacen. Cómo no os va a gustar. 

Os dejamos un vídeo para que lo comprobéis rápidamente (vosotros mismos; verlo supone spoilers. Avisados quedáis).







22 sept. 2012

El higo más dulce de Chris Van Allsburg

Chris Van Allsburg es mundialmente reconocido por ser el autor de Jumanji, una historia que no necesita presentación. Aunque seguramente aquí nos venga antes a la mente la película, en especial a los niños de los 90, que el álbum ilustrado. Pero nosotras nos hemos introducido en su universo con El higo más dulce, una obra en principio "secundaria" que sin embargo ejemplifica a la perfección los mayores atributos de este autor: introducir la ironía; radiografiar los aspectos más negativos de la naturaleza humana, sin dejar de ser comprensible para los niños. Este es un cuento sobre el egoísmo y el maltrato. Sobre la insolidaridad. Con un ajuste de cuentas para rematar.



Una breve sinopsis (cuidado, puede contener algún ligero spoiler): Bibot es un avaro y exitoso dentista que reside junto a su perro Marcel en París, a quien trata de forma despiadada e injusta. Lleva una vida pulcra y ordenada, calculada al milímetro, donde no queda ni un resquicio para el amor o la compasión. Hasta que una anciana a la que le ha sacado una muela le paga con unos supuestos higos mágicos en vez de dinero. Podéis haceros una idea de cómo Bibot trata a la anciana: la expulsa de su consulta de las peores maneras. Pero conserva los higos, que en teoría deben cumplir sus sueños. Incrédulo, aquella noche se toma uno y tiene los sueños más extraños del mundo. Sueños que al día siguiente se hacen realidad y Bibot pasa entonces a considerar que la anciana no estaba loca después de todo. Decide que educará sus sueños, que todas las noches se entrenará para soñar un futuro idílico que se materializará cuando se coma el último higo. Así Bibot se ve el hombre más rico del mundo, el más feliz, el más todo. Pero el futuro es imprevisible y, al final, ante un descuido de Bibot es Marcel, el perro, quien se come el último higo. Imaginaros qué soñó el can. Nosotras aplaudimos el final. Maravilloso (que te den, Bibot).



Como nos pasa con los cómics, rara vez comentamos un álbum si no nos han gustado sus ilustraciones. El higo más dulce no es una excepción. Van Allsburg realiza un trabajo delicioso, realista, pulcro, muy para los niños y muy para los adultos. Gracias a su esposa, que le convenció de que sus dibujos eran ideales para las historias para niños, pues él quería ser escultor. Un autor entrañable que seguiremos reseñando en el futuro, estamos convencidas.

¡¡Hasta pronto!!

Y si estáis en Barcelona, feliz Mercè y esas cosas. 





p.S: Este álbum fue otro de nuestros descubrimientos bibliotecarios. Fondo de Cultura Económica lo publicaba en 1995 (así que suponemos que debe tratarse de una edición descatalogada :(, pues nunca ha pasado por nuestra librería). Lo tradujo Francisco Segovia (curiosamente el traductor de nuestra última reseña). También se editó en México bajo la dirección de Daniel Goldin (editor del que somos fans, y que ahora está en Océano Travesía, nos chivan; esperamos que eso no suponga que FCE baje la calidad de sus publicaciones ilustradas).




18 sept. 2012

Crónica del hombre que llevaba esmoquin en el tranvía

Como ya tengo otros proyectos en mente, ha llegado la hora de liberar otro cuento antes de enterrarlo entre archivos varios. Es un cuento costumbrista, casi verídico. Por lo que sé, bien podría ser absolutamente cierto. Es sabido que la realidad siempre supera la ficción.

Muchas gracias por tomarte tu tiempo y leerlo. Espero que lo disfrutes. Agradeceré los comentarios y la difusión más todavía. 

Saludos,

Jen


p.S: Me alegra a la vista que el contador de adictos vaya creciendo. Somos un blog periférico, pero en crecimiento. Qué guay. 


+++

Absorto en aquel vehículo interurbano se trasladaba de A a B contemplando las fachadas y tejados de aquel barrio deprimido pasar. Ajeno a todas las miradas inquisitivas, al fruncimiento de ceños que lo despreciaban por semejante atuendo desproporcionado. Un símbolo textil de un mundo que no existía en aquellas calles grises y malsonantes, donde florecían desperdicios y donde la gente tenía miedo de salir sola cuando se encendían las pocas farolas que nunca alumbraban suficiente los portales. Los había asombrados y curiosos que sinceramente se preguntaban por qué a las tres de la tarde él viajaba con esmoquin, repeinado, con las patillas bien recortadas. Algunos indignados mascullaban un lo que hay que ver. Pero no se le podía echar nada en cara, pues era el único que había pagado el billete, y sin dudarlo, sin asomarse a ver si había revisores.
         Ufano viajaba de cara al cristal, sin prestar demasiada atención a sus interrogadores. Uno o dos imaginaban adónde iría así vestido, quizá a un bautizo. A un tercero le parecía ridículo. Con el calor que apretaba. Una señora había conocido a su madre hacía mucho tiempo. Sabía de sobras que el hombre tenía motivos suficientes para sentirse tremendamente solo, aunque su expresión no era ni por asomo amarga o derrotada.
         Absorto fue el adjetivo que le duró hasta la siguiente parada. Subió una chica muy morena de piel en shorts y se sentó a su lado. Sin complejos, la muchacha subió los pies al asiento de enfrente. Escuchaba música a través de unos grandes auriculares rosas. Sin embargo, nuestro hombre no se entretuvo por este desliz maleducado tan habitual, ni le distrajeron su par de piernas desnudas y bien formadas, ni la proximidad, ni el ruido que hacía el chicle que mascaba.
         Fue una cosa bien distinta. Tan hipnotizadora a veces. Tan desagradable otras. Tan profunda y acentuada a pesar del frío casi ártico que se vivía dentro de aquel vehículo casi supersónico: una profunda e inequívoca peste a pescado crudo se instaló en las fosas nasales del hombre con esmoquin, que inmediatamente identificó como el olor corporal de su acompañante más cercana. Se mantuvo en sus trece de concentrarse en el paisaje, mientras la nueva pasajera le atormentaba.
         Intentó con todas las fuerzas mentales seguir ensimismado en las fachadas y tejados, pero tuvo que poner ahínco en mantener la cabeza en su sitio y su tranquilidad se empezó a descomponer. De tan intenso que era el hedor, que no procedía de ningún órgano concreto. La muchacha segregaba indiferente cual fragancia esa pestilencia atroz. Nuestro hombre intentó contenerse cuanto pudo.
         Pero pronto también se le empezó a torcer la mente.
         Y ya no hubo marcha atrás. De repente, los tejados y ventanas con la ropa tendida quedaron sustituidas por una pecaminosa idea retorcida: la muchacha era una ostra.  Podía deleitarse con su reflejo en el cristal: carnosa, salada, viva. Palpitaba atractiva y el hombre la veía con sus propios ojos, como si la mirada fuera capaz de atravesar su propia nuca: junto a él se había instalado una inmensa y suculenta ostra. Una ostra cara, fuera de lugar. Apetitosa; una ostra de banquete para un hombre con esmoquin. Un delicioso manjar.
         Le crujieron las tripas. Ya no le importaba el fuerte olor a pescado. Era tan natural. Era una ostra. Era un regalo. No había tenido tiempo de comer ni prepararse un sándwich que llevarse para el trayecto, tanto tiempo había dedicado a plancharse el traje. Y el hombre con esmoquin ignoró los cielos grises y los cristales rojos del enésimo callejón, las habladurías de los que no entendían su apariencia, ni ese nerviosismo que empezaba a reflejarse en su rostro. Se empezó a marear, a transpirar, a tener una desastrosa sensación que por más que quiso reprimir, ya se había instalado allí como una losa, una piedra en la boca de su estómago: deseaba con todas sus fuerzas morder a la sabrosa ostra. Abrazarla. Hincarle los incisivos como si fuera un hombre rapaz. Impregnarse de una carne más exquisita que el caviar.
         Comenzó a salivar con el recuerdo de algunas ostras pasadas, todavía de cara al sucio vidrio. Pero nada era comparable, ningún recuerdo fotocopiado en el cerebelo podía compararse con la idea de una ostra gigante. Un capricho caído del cielo. Unas ganas innombrables de hacerse con el poder, más que de saciarse, como la morsa en aquel cuento. Y llevaba puesto el esmoquin. Toparse con aquel prodigio era el éxtasis para cualquier gourmet.
         El hombre cerró los ojos y empezó a darse callados golpecitos en la sien contra el cristal. Un ligero atisbo de sensatez, quizá. O de miedo ante la lujuria y gula que sentía, tal vez. Gruesas lágrimas resbalaron por su cara bien afeitada. Sabía que aquello era inaceptable, una actuación inconsecuente, que era imposible abalanzarse contra la ostra. Porque no podía tomar lo que no era suyo, y mucho menos gratis. Al fin y al cabo, y a pesar del esmoquin, no era nadie. Pero en ningún momento pensó que la ostra no era una ostra, la verdad resultaba inconcebible, porque su mente se había torcido mientras aquel vehículo interurbano languidecía a través de catenarias interminables.
         El hombre con esmoquin podía cerrar los ojos y contenerse si quería. Pero no podía apartarse de aquel fuerte olor que lo había paralizado. Sus piernas no le hubieran respondido, su culo estaba cementado al asiento. Y los párpados bien apretados no podían desterrar la visión de aquella ostra gigante. Le crujieron de nuevo las tripas. Hambre.
         Entonces, pasó.
          Se abalanzó. Antes de que sus manos llegaran a abarcar por completo el enorme cascarón, todavía con los ojos cerrados, se escuchó un grito que de nuevo llamó la atención sobre aquel extravagante pasajero. Pero la muchacha no consiguió desembarazarse de su asaltante a tiempo, que al final despertó de su ensueño porque en su boca no le quedó el  rastro salado de una ostra, sino un sabor bien distinto, tan fácil de identificar por particular y común en todos: sangre. Con horror contempló a su víctima aterrorizada. Su mente torcida intentó recomponerse entonces, pero ya era demasiado tarde. Las ideas, el poder de la percepción, se habían derrumbado. Se había quedado huérfano. Al borde de las lágrimas, sin entender qué había sucedido con su ostra soñada. Desnudo y desarmado ante todas aquellas miradas. Se había desvanecido su delicioso manjar sin que se hubiera dado cuenta. Indefenso ante las personas que ahora le sujetaban, que lo habían señalado como enemigo. Que lo arrastraban fuera del convoy en la siguiente parada. Que lo apartaban de su otra. Que se la habían arrebatado. Y que lo habían convertido en un paria. Le reprimían. Le controlaban. Le castigaban. Y de nada había servido su brillante esmoquin. Ni haber pagado el billete. El hombre había perdido su estatus, sin tan siquiera poder balbucir una palabra sobre la ostra, de tan apenado y anulado que se encontraba. Ya no era persona, era reo. Era objeto.
         Cuando el hombre de esmoquin abandonó escoltado el tranvía, una anciana se llevó las manos a la nariz y aspiró. Se dio asco a sí misma y un segundo más tarde, se avergonzó. Miró alrededor, pero todo el mundo seguía conmocionado por el asaltante y nadie parecía reparar en ella. Eso le alegró un poco. Ya sólo le quedaba una parada  y podría llegar a casa y lavarse las manos. Era la última vez, se prometía de nuevo, que ayudaba a su hija mayor a despachar en la pescadería.


           

16 sept. 2012

Frankenstein se hace un sándwich de Adam Rex

Parece que se acerca el otoño, así que es hora de abandonar la lecturas ligeras y superventas del verano y pasar a otra cosa: a recuperar clásicos, del terror preferentemente, e historias de suspense e intriga. Pega con los días más cortos, las noches más húmedas. Atrás quedan los días ociosos sin hacer nada, tumbados al sol, con la mochila a cuestas y viviendo aventuras en otro país lejano. ¿Deprimente volver a la rutina? Tenemos la solución que buscabais: Frankenstein se hace un sándwich y otras historias que seguro te van a gustar pues tratan de monstruos y algunas también de comida - Porque te gusta la comida, ¿no? Muy bien pues de Adam Rex y editada (para nuestra sorpresa) por Océano Travesía.



¿Qué lector que se precia no adora a un monstruo en particular? Con tanto donde elegir. Yo siempre fui de Drácula, lo reconozco, pero Frankenstein demuestra en la obra de Adam Rex ser una criatura absolutamente encantadora, con una capacidad humorística que nada tiene que envidiar a las grandiosas ocurrencias de Edward Gorey o Mel Brooks. Como tampoco deben avergonzarse el resto de monstruos versionados: el Fantasma de la Ópera se convierte en un compositor bloqueado que no puede sacarse de la cabeza la Chica de Ipanema; la Momia en momia consentida que quiere cuentos y galletas; Dr. Hyde en un flemático Mr. Henderson que no da miedo, pero mata del aburrimiento. El perro del Hombre Lobo está harto de que arañe las puertas. A Frankenstein le tiran comida dementes vecinos. Dos zombies se encuentran en el zoo. Y el hijo de Drácula va al dentista. En conjunto, el álbum resulta un envidiable compendio de historias disparatadas y muy muy muy originales. Imposible que no te arranquen una sonrisa, o dos. Creemos que hasta reirás del gusto. Todo en forma de menú, para que vayas abriendo boca y termines con la sensación de que tienes entre tus manos algo muy guay y ¡estamos de enhorabuena! porque hay continuación, Frankenstein se lleva el pastel (próximamente en sus mejores blogs).



Adam Rex es un molón ilustrador nacido en Ohio y que se conserva la mar de bien, y la mar de indie, a sus 39 años. Ha publicado tres novelas según Wikipedia (por supuesto, sin traducir) y un montón de álbumes sin traducir tampoco, y también diseña juegos de rol (que seguro que tampoco se pueden conseguir en ningún establecimiento de este país). Por suerte, se puede visitar su página web aquí. Y pasar un buen rato con su blog y dibujos. Para nosotras ya es un favorito. No sólo porque ilustre cuentos de Neil Gaiman y diseñe también camisetas que nos pondríamos para ir de concierto. Adam tiene talento. Y es más gracioso que Tim Burton. Así que adictos y  grandes consumidores de terror, enamorados del gore y la literatura gótica, el s.XIX, Valdemar y las películas ochenteras de zombies, no os lo perdáis.

Adam dando clases



(c) de la traducción: Francisco Segovia. Editado en México por Océano Travesía. 

12 sept. 2012

Dos entradas muy seguidas...

Pero teníamos que compartir esto:



By Joost Swarte. Nosotras ya tenemos el set completo de 12 postales, que se puede adquirir en tiendas modernas de la ciudad, o aquí

11 sept. 2012

27 historias para tomar la sopa de Ursula Wölfel & Pablo Bernasconi

Cuentos breves, ilustraciones futuristas y molonas y sopa. La única parte de la ecuación que nos disgusta es la sopa, aunque quizá eso hubiera sido distinto de haber tenido a alguien ingenioso que distrajera nuestra atención con cuentos graciosos. Una alternativa al jueguecito de abre la boca que aquí viene el avión. 27 historias para que un niño se termine la sopa y deje el plato bien vacío y le quede la cabeza llena de imágenes divertidas: hormigas, vacas y caballos felices. Y sombreros voladores. Sin embargo, lo que realmente destaca y remata este recopilatorio de microcuentos son las ilustraciones de Pablo Bernasconi.

A nosotras las historias se nos hicieron muy repetitivas y un tanto pesadas, pero insistimos y seguimos porque las imágenes -que ya hablan por sí solas- eran una auténtica maravilla. Pablo es un autor muy recursivo, de gran imaginación, que tiende a animar lo inanimado y crear desde lo inesperado. Por eso, las mariposas son tubos de pasta de dientes con alas que son espejos. O la tela de las arañas son alambres. Las vacas, neveras. Y los cuernos de los caracoles, semáforos. Un mundo mecanizado, como ya anuncia la portada, en la que la excusa es la sopa y la conclusión es que uno siempre puede y debe confiar en los cuentos. Como remedio para todo: para que los niños coman; para que los días largos y pesados se vuelvan livianos; para acabar subido en una cuchara voladora y sobrevolar los problemas y miedos.

Ursula Wölfel es toda una eminencia en Alemania, una reconocidísima y premiada autora infantil. Quizá nuestra pega viene de que este sí que es un recopilatorio muy para niños, niños bien pequeños. Pero nos encantó y enamoró Pablo Bernasconi, todo un prolífico y solicitado ilustrador internacional que también tiene cuentos propios, y un par para adultos. Algo que debemos investigar y de lo que informaremos a su debido tiempo. 



Echadle un vistazo. Buscad su nombre en Google. Y si os apetece de verdad, contadnos qué os ha parecido.


¡Hasta pronto!


p.S: Edita Kalandraka. Traduce: Pedro A. Almeida. 

p.S.2: La página de Pablo aquí. Visitad su portfolio y flipad. 

4 sept. 2012

Fragmentos cinéfilos 5: Kubrick. Biografía de John Baxter

Nunca hemos sido grandes apasionadas de leer biografías. Pero debe de ser como beber café o vino, un placer en el que te instruyes con el tiempo (una teoría bastante tonta, por otra parte). Además, nunca habíamos tenido suerte con los biógrafos. Comenzamos con los monográficos de Taschen sobre artistas. No están nada mal, pero a veces uno puede perder un poco el hilo si no tiene una base sobre arte. Por eso, no fue hasta encontrar la editorial T&B Editores, especializada en cine y música, que dimos con lo que verdaderamente andábamos buscando. Y eso que nuestro primer contacto, la biografía de Bowie de Christopher Sandford, no podía estar peor editada y contener cosas más extrañas que los potajes subtolkenianos.

Sin embargo, John Baxter se merece toda nuestra admiración. Es un texto riguroso, sin comparaciones cósmicas ni metáforas y subordinadas imposibles de entender. Que se centra en lo más interesante de Kubrick, sus películas. Y que repasa su vida privada sin que uno tenga la sensación de que está descuartizando su intimidad. Sobre todo, respeto al Maestro. Aunque uno se quede con la sensación de que trabajar con él podía ser un auténtico infierno. Curiosamente, muchos de los que experimentaron algo así, no dejaron de considerarlo un genio. 

Un imprescindible para fans de Kubrick y para cinéfilos en general (hay muchas curiosidades y anécdotas sobre rodaje, actores, escritores, etc. que os sorprenderán). Y como estamos en un "fragmentos", os dejamos con un vídeo ;)

¡Hasta pronto!