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27 mar 2013

Un día en Barcelona de Daniel Brühl

¿Por qué leer un libro sobre Barcelona si eres de Barcelona? ¿De qué te sirve que te cuenten que desde el Tibidabo tienes una buena panorámica de la ciudad; que te indiquen que no hay nada que mole más que Gràcia y que el Raval es peligroso pero que sin el Raval no habría ciudad? ¿Por qué te vas a marcar un recorrido específico y maratoniano en un solo día? Porque el libro lo escribe Daniel Brühl. Punto. Para quien no lo conozca, es el protagonista de Salvador y el fracontirador nazi de Quentin Tarantino en Malditos Bastardos. Aunque para mí será el eterno Alex Kerner o el jovencito que seduce a Judi Dench en Ladies in Lavender. No lo he podido evitar: me encanta Daniel Brühl, así que era lectura obligada. 

Brühl pretendía hacerle justicia a la ciudad (y ajustar cuentas) para que no quedase en la memoria colectiva el retrato cursilero de Vicky Cristina Barcelona (sus palabras, yo hubiera usado algo más fuerte). Por eso se patea de lo lindo la ciudad, a la que llama su novia, sin olvidarse del Carmel, los baretos del Raval, los mercados en Gràcia, las terrazas de los amigos e incluso la Monumental. Aunque con sinceridad, lo menos importante es Barcelona. Es un libro de experiencias y anécdotas, de su vida y, haciendo alarde del verdadero deporte nacional, ideal para cotillas. Cómo no nos iba a resultar interesante. Se lee rápido, es divertido, bastante entretenido y curioso. Curioso porque uno no sabe si Brühl es de aquí de toda la vida, o alguien que nos mira con la perspectiva que da vivir y ser de fuera. Desconocemos cómo habrá vendido en Alemania, pero es curioso leer cómo te ven los demás; y puede ser útil para el que no quiera ser identificado como guiri con sólo poner un pie en la Rambla.

Este libro es como una entrada de diario, como una entrevista extendida. Muy recomendable para los barceloneses adoptados y los fans del actor (actor que no hace falta que digamos que vale mucho la pena; los europeos están de moda). Se dice que el 23 de abril estará en nuestra fiesta favorita (lástima no poderla disfrutar) firmando libros. Como nos lo vamos a perder, que alguien se persone. Que le diga que le ha quedado muy bien el asunto. Que hemos pasado muy buen rato leyéndole. Pero cuidado, Dani, que en algún momento que otro tú tampoco te salvas de estereotiparnos. Que te has dejado muchas cosas en el tintero (también comprensible, pues es únicamente un día y no todos podemos ser Leopold Bloom). Así que esperamos una segunda parte... ¿Quizá un día en Berlín?

p.s: Publica Ediciones Urano en Indicios. Traduce Marta Torent López de Lamadrid. Colabora en la redacción Javier Cáceres. Precio: 19€ 

p.s.2: Gracias a Mónica por el libro :) 

18 sept 2012

Crónica del hombre que llevaba esmoquin en el tranvía

Como ya tengo otros proyectos en mente, ha llegado la hora de liberar otro cuento antes de enterrarlo entre archivos varios. Es un cuento costumbrista, casi verídico. Por lo que sé, bien podría ser absolutamente cierto. Es sabido que la realidad siempre supera la ficción.

Muchas gracias por tomarte tu tiempo y leerlo. Espero que lo disfrutes. Agradeceré los comentarios y la difusión más todavía. 

Saludos,

Jen


p.S: Me alegra a la vista que el contador de adictos vaya creciendo. Somos un blog periférico, pero en crecimiento. Qué guay. 


+++

Absorto en aquel vehículo interurbano se trasladaba de A a B contemplando las fachadas y tejados de aquel barrio deprimido pasar. Ajeno a todas las miradas inquisitivas, al fruncimiento de ceños que lo despreciaban por semejante atuendo desproporcionado. Un símbolo textil de un mundo que no existía en aquellas calles grises y malsonantes, donde florecían desperdicios y donde la gente tenía miedo de salir sola cuando se encendían las pocas farolas que nunca alumbraban suficiente los portales. Los había asombrados y curiosos que sinceramente se preguntaban por qué a las tres de la tarde él viajaba con esmoquin, repeinado, con las patillas bien recortadas. Algunos indignados mascullaban un lo que hay que ver. Pero no se le podía echar nada en cara, pues era el único que había pagado el billete, y sin dudarlo, sin asomarse a ver si había revisores.
         Ufano viajaba de cara al cristal, sin prestar demasiada atención a sus interrogadores. Uno o dos imaginaban adónde iría así vestido, quizá a un bautizo. A un tercero le parecía ridículo. Con el calor que apretaba. Una señora había conocido a su madre hacía mucho tiempo. Sabía de sobras que el hombre tenía motivos suficientes para sentirse tremendamente solo, aunque su expresión no era ni por asomo amarga o derrotada.
         Absorto fue el adjetivo que le duró hasta la siguiente parada. Subió una chica muy morena de piel en shorts y se sentó a su lado. Sin complejos, la muchacha subió los pies al asiento de enfrente. Escuchaba música a través de unos grandes auriculares rosas. Sin embargo, nuestro hombre no se entretuvo por este desliz maleducado tan habitual, ni le distrajeron su par de piernas desnudas y bien formadas, ni la proximidad, ni el ruido que hacía el chicle que mascaba.
         Fue una cosa bien distinta. Tan hipnotizadora a veces. Tan desagradable otras. Tan profunda y acentuada a pesar del frío casi ártico que se vivía dentro de aquel vehículo casi supersónico: una profunda e inequívoca peste a pescado crudo se instaló en las fosas nasales del hombre con esmoquin, que inmediatamente identificó como el olor corporal de su acompañante más cercana. Se mantuvo en sus trece de concentrarse en el paisaje, mientras la nueva pasajera le atormentaba.
         Intentó con todas las fuerzas mentales seguir ensimismado en las fachadas y tejados, pero tuvo que poner ahínco en mantener la cabeza en su sitio y su tranquilidad se empezó a descomponer. De tan intenso que era el hedor, que no procedía de ningún órgano concreto. La muchacha segregaba indiferente cual fragancia esa pestilencia atroz. Nuestro hombre intentó contenerse cuanto pudo.
         Pero pronto también se le empezó a torcer la mente.
         Y ya no hubo marcha atrás. De repente, los tejados y ventanas con la ropa tendida quedaron sustituidas por una pecaminosa idea retorcida: la muchacha era una ostra.  Podía deleitarse con su reflejo en el cristal: carnosa, salada, viva. Palpitaba atractiva y el hombre la veía con sus propios ojos, como si la mirada fuera capaz de atravesar su propia nuca: junto a él se había instalado una inmensa y suculenta ostra. Una ostra cara, fuera de lugar. Apetitosa; una ostra de banquete para un hombre con esmoquin. Un delicioso manjar.
         Le crujieron las tripas. Ya no le importaba el fuerte olor a pescado. Era tan natural. Era una ostra. Era un regalo. No había tenido tiempo de comer ni prepararse un sándwich que llevarse para el trayecto, tanto tiempo había dedicado a plancharse el traje. Y el hombre con esmoquin ignoró los cielos grises y los cristales rojos del enésimo callejón, las habladurías de los que no entendían su apariencia, ni ese nerviosismo que empezaba a reflejarse en su rostro. Se empezó a marear, a transpirar, a tener una desastrosa sensación que por más que quiso reprimir, ya se había instalado allí como una losa, una piedra en la boca de su estómago: deseaba con todas sus fuerzas morder a la sabrosa ostra. Abrazarla. Hincarle los incisivos como si fuera un hombre rapaz. Impregnarse de una carne más exquisita que el caviar.
         Comenzó a salivar con el recuerdo de algunas ostras pasadas, todavía de cara al sucio vidrio. Pero nada era comparable, ningún recuerdo fotocopiado en el cerebelo podía compararse con la idea de una ostra gigante. Un capricho caído del cielo. Unas ganas innombrables de hacerse con el poder, más que de saciarse, como la morsa en aquel cuento. Y llevaba puesto el esmoquin. Toparse con aquel prodigio era el éxtasis para cualquier gourmet.
         El hombre cerró los ojos y empezó a darse callados golpecitos en la sien contra el cristal. Un ligero atisbo de sensatez, quizá. O de miedo ante la lujuria y gula que sentía, tal vez. Gruesas lágrimas resbalaron por su cara bien afeitada. Sabía que aquello era inaceptable, una actuación inconsecuente, que era imposible abalanzarse contra la ostra. Porque no podía tomar lo que no era suyo, y mucho menos gratis. Al fin y al cabo, y a pesar del esmoquin, no era nadie. Pero en ningún momento pensó que la ostra no era una ostra, la verdad resultaba inconcebible, porque su mente se había torcido mientras aquel vehículo interurbano languidecía a través de catenarias interminables.
         El hombre con esmoquin podía cerrar los ojos y contenerse si quería. Pero no podía apartarse de aquel fuerte olor que lo había paralizado. Sus piernas no le hubieran respondido, su culo estaba cementado al asiento. Y los párpados bien apretados no podían desterrar la visión de aquella ostra gigante. Le crujieron de nuevo las tripas. Hambre.
         Entonces, pasó.
          Se abalanzó. Antes de que sus manos llegaran a abarcar por completo el enorme cascarón, todavía con los ojos cerrados, se escuchó un grito que de nuevo llamó la atención sobre aquel extravagante pasajero. Pero la muchacha no consiguió desembarazarse de su asaltante a tiempo, que al final despertó de su ensueño porque en su boca no le quedó el  rastro salado de una ostra, sino un sabor bien distinto, tan fácil de identificar por particular y común en todos: sangre. Con horror contempló a su víctima aterrorizada. Su mente torcida intentó recomponerse entonces, pero ya era demasiado tarde. Las ideas, el poder de la percepción, se habían derrumbado. Se había quedado huérfano. Al borde de las lágrimas, sin entender qué había sucedido con su ostra soñada. Desnudo y desarmado ante todas aquellas miradas. Se había desvanecido su delicioso manjar sin que se hubiera dado cuenta. Indefenso ante las personas que ahora le sujetaban, que lo habían señalado como enemigo. Que lo arrastraban fuera del convoy en la siguiente parada. Que lo apartaban de su otra. Que se la habían arrebatado. Y que lo habían convertido en un paria. Le reprimían. Le controlaban. Le castigaban. Y de nada había servido su brillante esmoquin. Ni haber pagado el billete. El hombre había perdido su estatus, sin tan siquiera poder balbucir una palabra sobre la ostra, de tan apenado y anulado que se encontraba. Ya no era persona, era reo. Era objeto.
         Cuando el hombre de esmoquin abandonó escoltado el tranvía, una anciana se llevó las manos a la nariz y aspiró. Se dio asco a sí misma y un segundo más tarde, se avergonzó. Miró alrededor, pero todo el mundo seguía conmocionado por el asaltante y nadie parecía reparar en ella. Eso le alegró un poco. Ya sólo le quedaba una parada  y podría llegar a casa y lavarse las manos. Era la última vez, se prometía de nuevo, que ayudaba a su hija mayor a despachar en la pescadería.


           

20 jul 2012

Pilarin: 50 anys dibuixant per a tots

Si con una palabra tuviera que definir a Pilarin Bayés sería incansable. 50 años al pie del cañón, sin parar de trabajar, haciendo lo que le gusta con una actitud y un optimismo envidiables. Ilustradora de mi infancia, con su trazo inmortalizó a uno de los héroes de cabecera de cuando tenía todo el tiempo para leer y soñar: Pitus, ese niño frágil al que necesitan operar* y cuyos amigos deciden organizar un zoo en el Raval de Barcelona para costear el tratamiento. Una mujer maravillosa que todavía sigue en activo y que, además, es un sol de persona; yo me siento muy fan desde que la conocí el año pasado por Sant Jordi. Estoy segura de que, como mínimo, todos los niños catalanes tendrán algún libro en casa ilustrado por ella, ni que sea una Petita història, o algún libro del cole, o quizá incluso de la catequesis, o un álbum del bebé, o alguno de los hermanos Valls...  

El Palau Robert de Barcelona le rinde un merecido homenaje con una pequeña exposición que estará disponible hasta el 11 de septiembre y que muestra un sinfín de pertenencias de la artista: fotografías de su álbum personal, su material de trabajo, libros ya imposibles de conseguir... Y es gratuita (nuestra agenda cultural siempre de espíritu soviet).

Por favor, ¡no os lo perdáis!

Algunas instantáneas para el recuerdo...


Hasta mi pequeña ciudad industrial tiene su Petita història :)

Pilarin, bien guapa


Pitus


* Algún día que me sienta nostálgica seguro que me da por reseñar El zoo d'en Pitus

Vuestra humilde cuentistas con Madame Bayés. Sant Jordi 2011



Palau Robert: Passeig de Gràcia, 107 BCN
www.gencat.cat/palaurobert


7 jul 2012

En un desordre absolut.

Todos los que viváis en Barcelona, o vayáis a pasaros este verano, tenéis una cita con el arte ruso en el centro Arts Santa Mònica. La exposición "En un desordre absolut" reúne una muestra de lo mejor del Premio Kandinsky desde que se creara en 2007 para potenciar e incentivar el arte contemporáneo en Rusia. Comisionada por Andrei Erofeev, que ya ha tenido algún problemilla  con la justicia de su país por querer mostrar a sus compatriotas algunas cosas perversas, y esto no le pasa a cualquier comisario, la muestra es imposible que os deje indiferente. Es divertida, diferente, rompedora e interactiva (aquí vuestra imaginación jugará un papel importante). Y además, es gratis. 


Tenéis hasta el 29 de septiembre para verla. Os dejamos con algunas fotos. Y si vais, esperamos vuestras opiniones. ¡Gracias!


p.S: Nuestra única queja es que la empresa de seguridad contratada por Arts Santa Mònica parece que no quiere pagar al vigilante. Nos parece muy mal. Y creemos que el centro debería hacer algo al respecto. 

p.S.2: La web de Arts Santa Mónica por si necesitáis ubicaros: http://www.artssantamonica.cat/

Cosas que pasan con trabajos peligrosos




Detalle de un mural solamente disponible para esta exposición


Orar puede resultar entretenido


Y lo mejor: Tolstoi cagado por las palomas