14 may. 2012

Una tormenta inmóvil de Françoise Sagan

Cada vez que encuentro o se publica una nueva traducción de Françoise Sagan, lo celebro. Puedo decir sin lugar a dudas que es una de mis autoras favoritas. Podría dar un sinfín de motivos. El más elocuente: que describe como nadie los sentimientos, en especial, la tristeza, el pesar, el dolor. Y aun así, sería una defensa muy pobre de su prosa, que es bella y poética como ninguna sin resultar farragosa (¡y enhorabuena a los traductores!). Muchos se empeñan en tildarla de autora frívola, un poco por la vida de excesos y lujo y descontrol que llevaba, pero Sagan entendía como nadie el sentir humano. Y como nadie sabía meter el dedo en la llaga. Nada de lo que nos relata nos es ajeno en un momento dado. Aunque sus personajes suelan ser artistas, gente adinerada, o en el caso de Una tormenta inmóvil, nobles de principios del siglo XIX.

En Una tormenta inmóvil, desde la primera página, se nos advierte de que la historia es triste, sumamente triste: el narrador, Nicolas Lomont, se embarca en el relato de un desamor que le aconteció hace más de treinta años. Un amor no correspondido y desgarrador por Flora de Margelasse, una condesa que revoluciona la pequeña ciudad de Angulema. Ni que sea porque acaba entregando su amor a un campesino poeta. Desde el momento cero, el lector sabe de antemano que es una historia sobre el dolor, la desesperación y el desengaño del pobre Lomont, de su amor despreciado. Uno se pone de su parte y espera que en algún momento del relato haya un pequeño resquicio de esperanza, que Flora cambie de opinión, que pase alguna cosa más que miradas, frases corteses, buenos modales... Que haya un beso apasionado, que Lomont recuerde algo palpable de su relación con Flora. Pero cuando uno llega a la conclusión de que eso no va a ser posible, para más inri, Sagan añade la puñalada final: el destino desgraciado de la hermosa Flora y de la pareja que finalmente había elegido, Gildas de Caussinade.  

Así explicado, sólo parece haber una conclusión posible: sí, qué historia más triste, qué deprimente. Pero no. Cuando uno cierra el libro, sólo le queda en mente una descripción posible: qué bello, qué maravilla, qué bien narrado (y traducido). Sagan va de sentimiento en sentimiento, de escena en escena, sin dejarse nada en el tintero, con una maestría que se debe saborear. Es capaz de enganchar con tramas que en un principio nos pueden parecer especialmente manidas, sí, ¿otra vez un triángulo amoroso? Puede. Pero qué triángulo. Qué combinaciones. Qué prosa eficaz. Qué tema más sencillo, pero qué personajes más ricos e imperecederos. Qué ficción más realista. Sin importar si la década está bien documentada o no, si el escenario es apropiado o no, lo verdaderamente real es lo que siente Lomont. El comportamiento de Flora y del resto de secundarios. Y qué final, trepidante, sorprendente, tan Sagan. Sólo se me ocurren halagos y no bastaría para convenceros de que leáis Una tormenta inmóvil. Por eso, os dejo con una sola frase. Sencilla e inolvidable: 

(...) no les deseo más que una cosa: el olvido. Un olvido definitivo, un furioso olvido, un olvido de plomo tan aplastante como fue aquel primer verano, aún en la dulce provincia de Aquitania, de clima tan grato. 

Françoise de jovencita y abanderada de la Nouvelle Vague



(c) de la traducción: José Miguel González Marcén. Edita: Ático de Libros. 

p.s: Por favor, queremos más traducciones de nuestra admirada Sagan. Estamos cansadas de autores como Márquez, Ruiz Zafón y compañía. De colocarlos, no vayáis a pensar mal. 

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