4 dic. 2012

Eres el mejor, Cienfuegos de Kiko Amat (e ilustrado por Sergi Puyol)

Debo empezar dando las gracias: Gracias, Kiko Amat porque Eres el mejor, Cienfuegos me ha servido como antídoto contra el sopor del lector. Para el que no esté familiarizado con esta dolencia, podríamos definirla como ese malestar espiritual que no se sabe muy bien dónde localizar, como la náusea en un trayecto largo en un Alsa (que no se sabe si es cosa del estómago, de la cabeza, de los miembros entumecidos, etc) y que provoca el resentimiento del flujo lector, lo que se traduce como a) empiezas un libro y lo dejas; empiezas otro y lo dejas; empiezas 500 y los dejas sin acabar; o b) no lees ni por activa ni por pasiva, ni aunque te cronometres, ni aunque tengas ganas, porque a la vez no tienes, o incluso en c) la horrenda combinación de ambas opciones. Así estaba yo, señores. Aquejada de letargo improductivo tras las vacaciones. Pero ese no es el tema del post. 

A ver...

Para que luego no digan que no leo autores patrios, aunque nadie me lo recrimine. Que si   soy rusófila, que si soy anglófila, que si siempre acabo recomendando lo mismo. Pues bien, soy incondicional de Kiko Amat desde Cosas que hacen BUM (que seguirá siendo uno de mis libros molones favorito y de lo mejor que ha escrito este autor) y libro que saca, libro que devoro sin dilación. Y hay que celebrar esta publicación porque Eres el mejor, Cienfuegos, la historia de una crisis de caballo de un periodista cuarentón, un escritor one-hit wonder, es una de las mejores obras de Kiko Amat hasta la fecha. Cienfuegos ve cómo toda su vida se va al garete, por su culpa desde luego. Como muchos hombres al borde de los 40, y diréis, como muchos personajes malnacidos, sí, vale, da tumbos por la vida sin saber qué hacer y cagándola una vez tras otra. Tampoco es algo tan nuevo. Pero es la historia de una crisis personal con la crónica de la Rabia de fondo, la Plaza Catalunya como escenario una y otra vez, con el 15M hirviendo y en pleno apogeo. No sobre el 15M, en el 15M, como bien indica el autor. Un digno y merecido reportaje al movimiento. Y tan divertida, histriónica, catatónica y musical como siempre. No penséis que Amat deja la música de lado, eso es casi imposible. 

Por favor, háganse un favor y léanla. Pasen un rato divertido. Reconozcan calles y plazas y situaciones injustas. Siéntanse identificados. Anoten las recomendaciones musicales encubiertas, que siempre merecen la pena. Y... Esto ya le da un toque rematador top class total, que tan especial hace la obra: admiren y rían con las ilustraciones de Sergi Puyol. ¡¡¡Queremos más novela ilustrada como esta!!! Sin grandes pretensiones, ni ínfulas de superventas. Una historia sencilla, directa, entretenida, de lo que te puede pasar a ti, o al vecino. Más letras canallas con hombres barbudos, camisas de cuadros y estrellándose con la Vespa donde no toca; robando cosas imposibles, cambiando la morfología de la ciudad, que no es sagrada. Pirados que beben cerveza y conocen personajes tan Far West como el Remember. Cowboys urbanos y doncellas albinas. 

Entren en las librerías y busquen este libro, por favor. O en las bibliotecas. Entren y griten ¡Estamos hartos!  Que nos pongan el antídoto. Queremos una alternativa al top ten rancio de librerías de cadena. Y pidan Eres el mejor, Cienfuegos

Volveremos *

¿Qué vinilos llevará Kiko Amat en la maleta?




* y quizá en breve anunciemos algo de sumo interés para el público cuentista. La filantropía se asoma por los poros. 


p.S.1: Conozcan a Sergi Puyol aquí. 





28 nov. 2012

La Nariz, un cuento de Gógol por Andrea Camilleri

We're back! La entrada 101 se ha hecho tanto de rogar por dos motivos principales: a) estuvimos de vacaciones dos semanas en tierras más frías que éstas y b) el síndrome postvacional, que a la vuelta nos dejó sin ganas de relatar nada. A veces, acontecen sequías.

No obstante, celebramos el regreso con algo muy especial y cuya publicación nos llenó de alegría: la colección  Save the Story de la editorial Anagrama. Por primera vez agradecemos al Grupo Feltrinelli que haya comprado la editorial; nosotras ya pensábamos que era una hecatombe absoluta, que a partir de ahora las publicaciones las marcaría Giorgio Faletti y poco más, y por fin llega algo verdaderamente alternativo made in Italy.

Save the Story es un proyecto de la Scuola Holden y el Grupo editorial italiano L'Espresso. La Scuola se inauguró en Turín a mediados de los 90 con un claro propósito cuentista: transmitir el secreto del storytelling en cualquier ámbito (cine, televisión, teatro...) y salvar los cuentos del olvido. Y precisamente de eso se trata Save the Story: una marca denominación de origen como la del vino, que se otorga a esos cuentos que están en peligro de extinción y que debemos salvar para disfrute de las generaciones venideras. ¡Qué gran causa, señores! Se nos saltan las lágrimas. 

No obstante, la cuestión no es reeditar el cuento y punto. En realidad, son versiones adaptadas a las necesidades de los lectores más jóvenes, para que se introduzcan en el mundo de los clásicos poco a poco, para picarles el gusanillo y convencerlos de que la  buena literatura es una cosa que no se pasa de moda, imposible. Y que Gógol o Cyrano de Bergerac molan tanto como el manga, las novelas de Stilton o los videojuegos. Toda una proeza.

La colección se ha estrenado con cuatro títulos. Pero puestos a presentar uno, nosotras, en nuestra rusofilia habitual, nos quedamos con la versión de La nariz de Gógol de Andrea Camilleri. Fantástico y esperpéntico es un cuento que puede hacer las delicias de cualquier niño: una nariz paseando como si fuera todo un señor, un alto funcionario, por las calles de San Petersburgo y dejando a su propietario huérfano y desnarigado. Una maravilla que el señor Camilleri defiende muy bien, y a la que le añade su toque de suspense personal. No en vano es autor de novela negra hecha para el consumo inmediato. Una buena elección, creemos.

Y como broche final... ¡es un cuento ilustrado! Por la artista eslovena Maja Celija, creadora de una nariz superlativa. Maja ha ilustrado muchas obras, pero es la primera vez que nos llega a las manos. Así que estaremos atentas a su trayectoria (se nos están acumulando los artistas y luego no damos tanto el callo).

De verdad, si os falta un regalo en vuestra lista de Navidad, añadid La nariz. Y si por el contrario tenéis que regalarle algo a un niño de entre 7-10 años, La nariz es una buena opción. Y si os gusta la literatura rusa muy mucho, directamente coged La nariz de Gógol, porque es uno de los cuentos más brutales del mundo. Y si no tenéis nada que hacer esta tarde, coged La nariz. Antes de ir a dormir, La nariz. En el tren, La nariz. En el descanso en el trabajo, La nariz. Y de vez en cuando, tocaros la vuestra, respirad tranquilos, sí, sigue en su sitio.

¡Hasta pronto! Pero a saber cuándo. 





Recapitulamos... Publica Anagrama. Versiona Camilleri. Ilustra Maja Celija. Traduce del italiano Xavier González Rovira que no sabe (quizá no lo supo Camilleri) que no es la Perspectiva Nevski, sino la Avenida Nevski. Y Save the Story en español también incluye Don Juan, Los novios y Cyrano de Bergerac.  

Viva Gógol y su buena nariz



2 nov. 2012

Demasiados suecos de Erskine Caldwell (e ilustrado por Natalia Zaratiegui)

¡¡¡Entrada número 100!!!

Vamos a celebrarlo con una delicatessen recomendada por una compañera librera: Demasiados suecos del autor norteamericano Erskine Caldwell y que publica la editorial Navona. Un cuento corto en un formato mini. Pero aun así, ilustrado, bien diseñado, encuadernado todo cuco y a un precio inmejorable*: ¡¡¡2,90€!!! Vamos, casi se nos caen las lágrimas de la emoción. Mirad qué PRECIOSIDAD, así en mayúsculas: 

De paso aquí fardando de Matrioshka


Demasiados suecos es la historia de una invasión, de suecos, que viven en un pequeño pueblo de Maine y tienen como vecinos al señor y la señora Frost y a Stan. Un pequeño gran cuento sobre la fobia al extranjero en la América profunda. El señor y la señora Frost sienten un pavor absurdo hacia sus vecinos suecos porque consideran que son seres salvajes que les usurparán vacas, muebles y utensilios. Y cuando vuelven a la casa de tres pisos y seis habitaciones (a quien se le ocurre), al otro lado de la carretera, el matrimonio prácticamente enloquece de miedo. El racismo llevado a un extremo absurdo: una fobia incomprensible, no repulsiva, pero inexplicablemente patética. Infundada. Aunque, como bien solía decir el autor, el no escribía para moralizar sobre el racismo, sino simplemente para describir la realidad que lo rodeaba. Que cada uno saque su propia conclusión.

El librito viene ilustrado por Natalia Zaratiegui que le da un toque así muy pulp, muy collage, en riguroso blanco y negro. Bastante chulo e ideal para hacerse una idea de lo grandotes que pueden ser los suecos, sobre todo los de la bahía de Maine, que son una especie aparte. Habrá que tenerla muy en cuenta e investigar más sobre ella. 

Esta joyita forma parte de la colección MiniReencuentros de la editorial Navona, sello que tiene el epopéyico propósito de recuperar en español obras  como ellos califican "que mereciendo ser leídas son difíciles de encontrar en nuestras librerías". Por favor, ¡un sonoro aplauso! Cuentos de Conan Doyle, de Saki, de Wilkie Collins o Jack London. Pequeñitos e ilustrados. Novelas policiacas; clásicos contemporáneos que nunca te mentaron en la escuela. Para nosotras Erskine Caldwell ha sido un grato descubrimiento. La mayoría autores anglosajones pero muy bien escogidos. Ediciones elegantes, para sibaritas amantes del libro como objeto de culto y adoración. Nuevos galones para nuestras preciadas estanterías. 

Queridos aquí empieza nuestro discurso a los tróscars: gocemos a gusto. Nosotras celebramos las 100 entradas. Os damos las gracias por venir, por volver, por pasearse, picotear, leer cuentos. Gracias a los grandes descubrimientos libreros, las editoriales gallardas, la gente que sigue teniendo buen gusto, los precios soviéticos y los comentarios poéticos. En fin, gracias a la vida** (aunque últimamente intenten vendérnosla como mala u otro derivado) por todas estas pequeñas cosas. 


Para cuentistas del mundo. Para curiosos. ¡Para todos! 


Nos leemos en la entrada 101. Dejadnos un mensaje de celebración si queréis. 



Resumen técnico: Edita Navona. Ilustra Natalia Zaratiegui (ojo con ella, hay más de una gran portadista en este país ;)). Traduce Rebeca Bouvier.


*= la única pega es la letra ultra pequeña. Pero es comprensible en esta edición y permisible.

**= sobre todo la vida en vacaciones de invierno (que empezamos mañana). Perdón el recochineo. 

24 oct. 2012

Snapshot 002

Además de gran satisfacción, la lectura de Walden nos va a proporcionar un sinfín de retazos de sabiduría y muchas cuestiones que deberíamos reflexionar con calma: ¿estamos viviendo la vida que queremos y como la queremos?


Eso de dedicar la mejor parte de la vida a ganar dinero con objeto de disfrutar de una libertad cuestionable durante la peor parte de aquélla me recuerda a aquel inglés que se fue a la India a hacer fortuna para luego poder regresar a Inglaterra y vivir una vida de poeta. Debería haber subido a la buhardilla en primer lugar. 

El 4 de julio de 1845, Thoreau decidió instalarse en los bosques, junto a la laguna de Walden. Se construyó una casa con sus propias manos, organizó su propio huerto y durante dos años vivió solo y por sí mismo, en contacto con la naturaleza, sin pagar impuestos a ningún Estado caníbal. Y entre diversas actividades, escribió un diario que debería iluminar al mundo. Por cosas como esta:

Fui a los bosques porque quería vivir con un propósito: para hacer frente sólo a los hechos esenciales de la vida, por ver si era capaz de aprender lo que aquélla tuviera por enseñar, y por no descubrir, cuando llegase mi hora, que no había siquiera vivido. No deseaba vivir lo que no es vida, ¡es tan caro el vivir!, ni practicar la resignación, a menos que fuera absolutamente necesario. Quería vivir profundamente y extraer de ello toda la médula; de modo tan duro y espartano que eliminara todo lo espurio, haciendo limpieza drástica de todo lo marginal y reduciendo la vida a su mínima expresión; y si ésta se revelaba mezquina, obtener toda su genuina mezquindad y dársela a conocer al mundo; pero si fuera sublime, conocerla por propia experiencia y ofrecer un verdadero recuento de ella en mi próxima manifestación. 


Pero aquí estamos, socialmente aceptados, socialmente asimilados. Aunque la sociedad nos pese. Nos levantamos para ir a trabajar, si podemos gozar del beneplácito de tener un trabajo. Nos levantamos y nos sentimos mal, porque esto no es lo que queríamos, no es como lo que queríamos. Nos resignamos con un "siempre ha sido así" o "qué le voy a hacer". 

Una se da cuenta que Thoreaus con verdaderas agallas para vivir profundamente y extraer de ello toda la médula hay muy pocos. 

Pero la conciencia de la prisión social es el primer paso para el desacato. Al menos, espiritual.


19 oct. 2012

El libro de la caca de Pernilla Stalfelt

Damas y caballeros... 

Si alguno todavía recuerda esto... pincha aquí

Sólo podemos decir: ¡¡PERNILLA HA VUELTO!!

De nuevo, Pernilla Stalfelt elige un tema que todo ser humano y animal comparte: ¡la caca! Pues como bien reza el poema: Nadie se salva de ir hacer caca / ni el mismo rey ni tu vecina doña Paca. 

Con inteligencia y sensibilidad, Stalfelt repasa todos los aspectos relacionados con la caca: tipos de zurullos, malos olores, procedimiento de expulsión, el tabú social, el váter, las letrinas, el pañal, los peces pedorros y otras teorías locas como los rascacielos de caca. Dirán las señoras que Pernilla es una malhablada y en ciertos momentos el álbum puede resultar un pelín asqueroso. Bastante. Pero es un libro tan mierdoso como hilarante, ingenioso y único. Dónde os van a formular un qué pasaría si un montón de personas se encerraran en una habitación y se pusieran a hacer caca sin parar. Pernilla rompe con todo. Ni John Waters, señores. 

Cómprenlo, tómenlo prestado y rían. Rían con los niños desnudos tirándose pedos. Con esos horrendos girasoles comiendo caca (nótese que el estilo de Pernilla no es para nada bonito en sí, pero es un feo molón irresistible, como ya comentamos en el caso de los pelos). Con el cacamionero al volante. Y si son ustedes de los que tienen hijos, les será muy útil para explicarles en profundidad las intríngulis de la caca. Créannos. Leerán y reirán y se sentirán mejor y muy liberados. Un libro que compensa de todas todas su precio.  





Ahora sólo deseamos que alguien se lance a traducir el resto de libros de Pernilla, porque por desgracia no podemos leer ni reír en sueco. Ya quisiéramos. Tenemos la impresión de que serán tan políticamente incorrectos como risueños. 

Y recordad (si esta entrada todavía os deja con reticencias respecto a la mierda):

La mierda no causa sólo malos 
olores, pues todo el mundo de ella
beneficio saca.
Porque allí donde hay vida...

... hay caca*.

Pernilla, tus fans te adoramos





¡Hasta muy pronto!


p.s: Publicado en la colección La Osa Menor, que es del Grup 62. Traduce Blanca Ortiz. Su precio es de 12€. Su valor incalculable.

*= Gran analogía de los tiempos que nos toca vivir. Pero miremos el lado amable de las cosas por una vez. Mientras haya caca, habrá esperanza. 

p.S. 2: Pocas imágenes me temo. No hemos tenido tiempo de sacar, ni hemos podido encontrar. Disculpen las molestias que se dice. 

14 oct. 2012

El pato y la muerte de Wolf Erlbruch

Debo hacer otra una confesión: llevo muy mal el concepto de la muerte. No me refiero a la muerte en las películas de miedo, ni en las ilustraciones en las que la representan con guadaña y un gigantesco manto negro. De hecho, me encanta la imaginería del terror. No hablo de las muertes ficticias, que en general tolero con buen temple. Tampoco al concepto filosófico y las diversas interpretaciones, aunque pueda estar más o menos de acuerdo. Lo que me aterroriza es pensar en ello de verdad. No sólo lo que significa, lo  que puede venir después (aunque yo soy fiel a la creencia de la nada), sino el momento último. Dicho esto, no es sorprendente que me haya dejado completamente conmovida la lectura de El pato y la muerte de Wolf Erlbruch. De forma muy positiva. 


Una breve sinopsis para los que no estén familiarizados con la historia: de repente un día, el pato ve que le persigue la muerte a todas partes. El pato le pregunta si ha llegado su hora y ella responde que está ahí desde que nació por si acaso. Aunque el ave se siente un tanto recelosa e incomodada por la presencia de criatura tan lúgubre, ambas inician una relación de amistad; lo hacen todo juntas: subirse a los árboles, contemplar la laguna; duermen cuerpo con cuerpo. Y el pato va perdiendo el miedo a la muerte poco a poco, confía en ella, la estima incluso. Y aquí para de leer y sáltate el párrafo siguiente si no quieres saber el final.



El pato muere, por supuesto. La muerte está allí para acompañarlo en el último instante, arroparlo, y después hacerse cargo de su cuerpo, que no se quede ahí tirado en medio del bosque. Lo deposita con ternura en el río, que se lo lleva, y la muerte, que parece una niña de colegio con su bata a cuadros hasta los pies, ve cómo su amigo se aleja y se siente un poco triste. Pero así es la vida.

Y uno tiene la impresión de haber leído uno de los álbumes ilustrados más maravillosos que existen. Uno de los que más poso le dejará en el cajón de la memoria; una de esas lecturas que te dan un poco de paz y te alivian. Porque la maestría de Wolf Erlbruch no son su imágenes, que son preciosas, ni la dulzura de sus palabras. Ni siquiera la capacidad de emocionarnos con el final del pobre pato. Ni de hacer que simpatizemos con la muerte. Su maestría radica en coger ese concepto que tanto temo y explicarlo de forma tan sencilla sin sentimentalismos, sin miedo, sin desesperación. Que tenga la misma idea del concepto, que describa la muerte con los datos que un ser humano puede tener y punto. Sin añadirle la fantasía del más allá o alguna creencia religiosa que adorne nuestra final. Que plantee que quizá la auténtica culpable es la vida, que no puede seguir llegado un punto; y que la estigmatizada muerte se vea representada de forma más amable, menos temible, incluso amigable. 

Los habrá que no estén de acuerdo y buscarán otra cosa que creer. Y tendrán toda la razón. O quizá no se planteen esta cuestión porque la han interiorizado y aceptado sin reservas y viven tranquilos en todo momento. Y esa es mi aspiración.  

De todas formas, leed El pato y la muerte. Sólo os ocupará diez minutos. Pero el recuerdo será imborrable.



¡Hasta pronto!

p.S: (c) de la traducción un clásico ya en este blog: Moka Seco Reeg. De la edición al español: Barbara Fiore. 





5 oct. 2012

La buena noticia

¡Estamos de enhorabuena! Con motivo de la publicación de La buena novela de Laurence Cossé la editorial Impedimenta sortea un ejemplar y una sorpresita editorial adicional. Es sabido que Impedimenta sólo publica delicatessen tras delicatessen, así que es una oportunidad ideal que no debemos dejar escapar.

El concurso es bien sencillo: enviar un listado con las 10 mejores novelas de la literatura universal.  

He aquí lo que anuncian en su web:

Con motivo de la publicación en Impedimenta de La Buena Novela, librería parisina en la que solo se venden obras cumbres de la literatura, nos gustaría continuar con la intención de sus protagonistas, y que nos hagáis llegar, cual comité seleccionador, vuestras diez obras maestras de la literatura universal.
Haremos un sorteo entre los correos recibidos, y a los elegidos les enviaremos un ejemplar del libro además de alguna sorpresita adicional.
Para participar, solo tenéis que mandar vuestro listado, nombre y dirección de contacto, a:






¡Buena suerte a todos! Nosotras, por supuesto, participaremos.

3 oct. 2012

La curiosa historia del señor pájaro de Piret Raud

Vamos a estrenar el mes de octubre con un cuento sobre un pájaro inconformista, que siempre va bien. El Señor Pájaro detesta hacer nidos y cantar en el coro con lo demás pájaros. Él aspira a hacer cosas interesantes y ver mundo. Y por eso, decide marcharse. Quiere ser otra cosa, como una almohada rosa o un erizo. Su máxima aspiración, como bien diría Malévich, es una vida ociosa en la que no tenga que ser nada, ni dedicarse a nada más que entregarse a la pereza. Por eso, disfruta siendo un muñeco de nieve, estático y tranquilo, o una zanahoria cómoda e inamovible bajo la tierra. No obstante, siempre acaba encontrando un pero a su nueva existencia. Y así va mutando, a la par que ve mundo y vive diversas aventuras. 

Sin embargo, todo cambia cuando avista a la Señorita Pajarita. De repente, da carpetazo a todas sus aventuras e indecisiones. Porque tras su espíritu temerario y curioso, lo que le pasa al Señor Pájaro es esa maldición de no saber lo que uno quiere. Uno puede interpretar su inconformismo como la energía que le impulsa a probar distintas cosas y experimentar. Y no le faltará razón. Pero también puede identificarlo como un seria falta de determinación, una crisis existencial, algo peor: no saber qué hacer. Y no le faltará la razón tampoco. Su búsqueda bien podría ser su huida. Aunque nosotras nos decantamos por la primera opción, que nos hemos levantado optimistas. Quizá sea un análisis exagerado de una personaje que, ante todo, enamorará desde la primera página por su carácter revolucionario y emprendedor, y a nosotras en especial por esa pose de brazos cruzados tan a lo Jean Pierre Léaud.



¿Queréis saber el final? El amor lo puede todo. Incluso puede hacer que te guste lo que antes tenías y no valorabas lo suficiente. Será por eso que los hijos acaban con la vida de los padres, aunque tanto la criticaron. O quizá sea que al final uno se calma y al ver la realidad con más tranquilidad no se presenta tan fea. Uno retrocede y experimenta desde otro punto de vista. Y nadie puede negar lo atractiva y seductora que resulta la Señorita Pajarita. 

Nosotras nos hemos sentido totalmente identificadas con el Señor Pájaro. Aunque él demuestra tener más agallas que vuestras humildes narradoras (Bruna aclara que hable por mí, que ella siempre y solo ha querido leer cuentos). Aplauso para todo aquél que decide cambiar su vida, darle un giro inesperado y no sólo soñar, sino materializarlo. Como tan sabiamente dijo Ródchenko, una máxima de vida: nuestro deber es experimentar. 



Piret Raud es una ilustradora y cuentista estonia que demuestra gran maestría en el detalle. Sus ilustraciones están llenas de humor y perspicacia. Su visión del mundo animal no podía ser más divertida; su capacidad para relatar, tan acertada. En su haber tiene una decena de cuentos, pero al parecer de momento al español sólo se ha traducido este. Gracias a la editorial Zorro Rojo, que siempre nos trae delicatessens, y a la traductora, por supuesto, que en este caso fue Elena del Amo. Si os habéis quedado con ganas de más, siempre podéis visitar su blog aquí. Hay peces interesantes y esqueletos andantes. 

See you soon!






27 sept. 2012

Snapshot 001

(...) fue por honestidad por lo que no me empeñé en aporrear un piano durante años ni en dar lecciones de solfeo que no hubieran solucionado nada. Por cruel que hubiera sido, aquella toma de conciencia me había hecho ganar tiempo; sin dejarme la menor huella de amargura, había conservado un gran gusto por la vida. Y, a veces, me preguntaba si mi entereza se debía a los recursos de mi carácter (que supo hacer ese fracaso moralmente soportable) o a los recursos de Laurence (que supo hacerlo materialmente soportable). Sin duda, a los recursos de ambos. 

 La soga, Françoise Sagan

Ayer tuve un día de sentirme un poco inferior, de verme atrapada en una situación y un trabajo; de sentirme desaprovechada. Y entonces pensé que quizá, siendo honestos, no era cuestión de este conformismo que detesto y que a veces se demuestra como rasgo fundamental de mi carácter (lo que detesto aun más). Quizá fuera eso simplemente, una honestidad terrible y cruel. Hasta aquí. Para rematar, me encontré con el párrafo de más arriba en el tren. 

Pero eso fue ayer. Y hoy ya no lo pienso. Destierro ese pensamiento de mi mente por sumamente triste y doloroso. Porque al final será cierto lo que dicen, soy una persona fuerte. Fuerte, dura, como una piedra (¿que no se mueve?). Ha funcionado. El sentimiento parece haberse trasladado al cielo, que está tan oscuro y apagado como ayer me sentía.

Ahora queda una lucha más ardua, una batalla más larga, contra mi cruel conformismo. Un enemigo voraz y feroz. Pero no pienso hacerme la débil, ni ser la víctima. 

23 sept. 2012

Fragmentos cinéfilos 6: Murder by Death

Esta película os la vamos a recomendar porque estamos enamoradas. Enamoradas del cine de los 70, de Peter Sellers y su acento chino; de la corrección con la que Truman Capote habla inglés. Porque nos encantan esas pelis que rozan la serie B, enrevesadas hasta la enésima vuelta de tuerca para explotar al máximo la gracia de los absurdo; pastiche de arquetipos detectivescos; de tópicos en la escena del crimen, clichés fotocopiados. mayordomo sospechoso incluido; con Peter Falk haciendo de vaquero en esmoquin (el inolvidable teniente Columbo) y Maggie Smith divina en sus años mozos (Maggie nació señora, seguro). 

Es un argumento que hemos visto mil veces, pero que no deja de resultar llamativo: una casa en el confín del mundo, un viejo y excéntrico multimillonario que agrupa a la crème de los detectives del momento. Lluvia y pánico. La premisa es sencilla: se os invita a cenar y a un asesinato. ¿Quién se puede negar? 

Una de esas comedias negras que ya no se hacen. Cómo no os va a gustar. 

Os dejamos un vídeo para que lo comprobéis rápidamente (vosotros mismos; verlo supone spoilers. Avisados quedáis).







22 sept. 2012

El higo más dulce de Chris Van Allsburg

Chris Van Allsburg es mundialmente reconocido por ser el autor de Jumanji, una historia que no necesita presentación. Aunque seguramente aquí nos venga antes a la mente la película, en especial a los niños de los 90, que el álbum ilustrado. Pero nosotras nos hemos introducido en su universo con El higo más dulce, una obra en principio "secundaria" que sin embargo ejemplifica a la perfección los mayores atributos de este autor: introducir la ironía; radiografiar los aspectos más negativos de la naturaleza humana, sin dejar de ser comprensible para los niños. Este es un cuento sobre el egoísmo y el maltrato. Sobre la insolidaridad. Con un ajuste de cuentas para rematar.



Una breve sinopsis (cuidado, puede contener algún ligero spoiler): Bibot es un avaro y exitoso dentista que reside junto a su perro Marcel en París, a quien trata de forma despiadada e injusta. Lleva una vida pulcra y ordenada, calculada al milímetro, donde no queda ni un resquicio para el amor o la compasión. Hasta que una anciana a la que le ha sacado una muela le paga con unos supuestos higos mágicos en vez de dinero. Podéis haceros una idea de cómo Bibot trata a la anciana: la expulsa de su consulta de las peores maneras. Pero conserva los higos, que en teoría deben cumplir sus sueños. Incrédulo, aquella noche se toma uno y tiene los sueños más extraños del mundo. Sueños que al día siguiente se hacen realidad y Bibot pasa entonces a considerar que la anciana no estaba loca después de todo. Decide que educará sus sueños, que todas las noches se entrenará para soñar un futuro idílico que se materializará cuando se coma el último higo. Así Bibot se ve el hombre más rico del mundo, el más feliz, el más todo. Pero el futuro es imprevisible y, al final, ante un descuido de Bibot es Marcel, el perro, quien se come el último higo. Imaginaros qué soñó el can. Nosotras aplaudimos el final. Maravilloso (que te den, Bibot).



Como nos pasa con los cómics, rara vez comentamos un álbum si no nos han gustado sus ilustraciones. El higo más dulce no es una excepción. Van Allsburg realiza un trabajo delicioso, realista, pulcro, muy para los niños y muy para los adultos. Gracias a su esposa, que le convenció de que sus dibujos eran ideales para las historias para niños, pues él quería ser escultor. Un autor entrañable que seguiremos reseñando en el futuro, estamos convencidas.

¡¡Hasta pronto!!

Y si estáis en Barcelona, feliz Mercè y esas cosas. 





p.S: Este álbum fue otro de nuestros descubrimientos bibliotecarios. Fondo de Cultura Económica lo publicaba en 1995 (así que suponemos que debe tratarse de una edición descatalogada :(, pues nunca ha pasado por nuestra librería). Lo tradujo Francisco Segovia (curiosamente el traductor de nuestra última reseña). También se editó en México bajo la dirección de Daniel Goldin (editor del que somos fans, y que ahora está en Océano Travesía, nos chivan; esperamos que eso no suponga que FCE baje la calidad de sus publicaciones ilustradas).




18 sept. 2012

Crónica del hombre que llevaba esmoquin en el tranvía

Como ya tengo otros proyectos en mente, ha llegado la hora de liberar otro cuento antes de enterrarlo entre archivos varios. Es un cuento costumbrista, casi verídico. Por lo que sé, bien podría ser absolutamente cierto. Es sabido que la realidad siempre supera la ficción.

Muchas gracias por tomarte tu tiempo y leerlo. Espero que lo disfrutes. Agradeceré los comentarios y la difusión más todavía. 

Saludos,

Jen


p.S: Me alegra a la vista que el contador de adictos vaya creciendo. Somos un blog periférico, pero en crecimiento. Qué guay. 


+++

Absorto en aquel vehículo interurbano se trasladaba de A a B contemplando las fachadas y tejados de aquel barrio deprimido pasar. Ajeno a todas las miradas inquisitivas, al fruncimiento de ceños que lo despreciaban por semejante atuendo desproporcionado. Un símbolo textil de un mundo que no existía en aquellas calles grises y malsonantes, donde florecían desperdicios y donde la gente tenía miedo de salir sola cuando se encendían las pocas farolas que nunca alumbraban suficiente los portales. Los había asombrados y curiosos que sinceramente se preguntaban por qué a las tres de la tarde él viajaba con esmoquin, repeinado, con las patillas bien recortadas. Algunos indignados mascullaban un lo que hay que ver. Pero no se le podía echar nada en cara, pues era el único que había pagado el billete, y sin dudarlo, sin asomarse a ver si había revisores.
         Ufano viajaba de cara al cristal, sin prestar demasiada atención a sus interrogadores. Uno o dos imaginaban adónde iría así vestido, quizá a un bautizo. A un tercero le parecía ridículo. Con el calor que apretaba. Una señora había conocido a su madre hacía mucho tiempo. Sabía de sobras que el hombre tenía motivos suficientes para sentirse tremendamente solo, aunque su expresión no era ni por asomo amarga o derrotada.
         Absorto fue el adjetivo que le duró hasta la siguiente parada. Subió una chica muy morena de piel en shorts y se sentó a su lado. Sin complejos, la muchacha subió los pies al asiento de enfrente. Escuchaba música a través de unos grandes auriculares rosas. Sin embargo, nuestro hombre no se entretuvo por este desliz maleducado tan habitual, ni le distrajeron su par de piernas desnudas y bien formadas, ni la proximidad, ni el ruido que hacía el chicle que mascaba.
         Fue una cosa bien distinta. Tan hipnotizadora a veces. Tan desagradable otras. Tan profunda y acentuada a pesar del frío casi ártico que se vivía dentro de aquel vehículo casi supersónico: una profunda e inequívoca peste a pescado crudo se instaló en las fosas nasales del hombre con esmoquin, que inmediatamente identificó como el olor corporal de su acompañante más cercana. Se mantuvo en sus trece de concentrarse en el paisaje, mientras la nueva pasajera le atormentaba.
         Intentó con todas las fuerzas mentales seguir ensimismado en las fachadas y tejados, pero tuvo que poner ahínco en mantener la cabeza en su sitio y su tranquilidad se empezó a descomponer. De tan intenso que era el hedor, que no procedía de ningún órgano concreto. La muchacha segregaba indiferente cual fragancia esa pestilencia atroz. Nuestro hombre intentó contenerse cuanto pudo.
         Pero pronto también se le empezó a torcer la mente.
         Y ya no hubo marcha atrás. De repente, los tejados y ventanas con la ropa tendida quedaron sustituidas por una pecaminosa idea retorcida: la muchacha era una ostra.  Podía deleitarse con su reflejo en el cristal: carnosa, salada, viva. Palpitaba atractiva y el hombre la veía con sus propios ojos, como si la mirada fuera capaz de atravesar su propia nuca: junto a él se había instalado una inmensa y suculenta ostra. Una ostra cara, fuera de lugar. Apetitosa; una ostra de banquete para un hombre con esmoquin. Un delicioso manjar.
         Le crujieron las tripas. Ya no le importaba el fuerte olor a pescado. Era tan natural. Era una ostra. Era un regalo. No había tenido tiempo de comer ni prepararse un sándwich que llevarse para el trayecto, tanto tiempo había dedicado a plancharse el traje. Y el hombre con esmoquin ignoró los cielos grises y los cristales rojos del enésimo callejón, las habladurías de los que no entendían su apariencia, ni ese nerviosismo que empezaba a reflejarse en su rostro. Se empezó a marear, a transpirar, a tener una desastrosa sensación que por más que quiso reprimir, ya se había instalado allí como una losa, una piedra en la boca de su estómago: deseaba con todas sus fuerzas morder a la sabrosa ostra. Abrazarla. Hincarle los incisivos como si fuera un hombre rapaz. Impregnarse de una carne más exquisita que el caviar.
         Comenzó a salivar con el recuerdo de algunas ostras pasadas, todavía de cara al sucio vidrio. Pero nada era comparable, ningún recuerdo fotocopiado en el cerebelo podía compararse con la idea de una ostra gigante. Un capricho caído del cielo. Unas ganas innombrables de hacerse con el poder, más que de saciarse, como la morsa en aquel cuento. Y llevaba puesto el esmoquin. Toparse con aquel prodigio era el éxtasis para cualquier gourmet.
         El hombre cerró los ojos y empezó a darse callados golpecitos en la sien contra el cristal. Un ligero atisbo de sensatez, quizá. O de miedo ante la lujuria y gula que sentía, tal vez. Gruesas lágrimas resbalaron por su cara bien afeitada. Sabía que aquello era inaceptable, una actuación inconsecuente, que era imposible abalanzarse contra la ostra. Porque no podía tomar lo que no era suyo, y mucho menos gratis. Al fin y al cabo, y a pesar del esmoquin, no era nadie. Pero en ningún momento pensó que la ostra no era una ostra, la verdad resultaba inconcebible, porque su mente se había torcido mientras aquel vehículo interurbano languidecía a través de catenarias interminables.
         El hombre con esmoquin podía cerrar los ojos y contenerse si quería. Pero no podía apartarse de aquel fuerte olor que lo había paralizado. Sus piernas no le hubieran respondido, su culo estaba cementado al asiento. Y los párpados bien apretados no podían desterrar la visión de aquella ostra gigante. Le crujieron de nuevo las tripas. Hambre.
         Entonces, pasó.
          Se abalanzó. Antes de que sus manos llegaran a abarcar por completo el enorme cascarón, todavía con los ojos cerrados, se escuchó un grito que de nuevo llamó la atención sobre aquel extravagante pasajero. Pero la muchacha no consiguió desembarazarse de su asaltante a tiempo, que al final despertó de su ensueño porque en su boca no le quedó el  rastro salado de una ostra, sino un sabor bien distinto, tan fácil de identificar por particular y común en todos: sangre. Con horror contempló a su víctima aterrorizada. Su mente torcida intentó recomponerse entonces, pero ya era demasiado tarde. Las ideas, el poder de la percepción, se habían derrumbado. Se había quedado huérfano. Al borde de las lágrimas, sin entender qué había sucedido con su ostra soñada. Desnudo y desarmado ante todas aquellas miradas. Se había desvanecido su delicioso manjar sin que se hubiera dado cuenta. Indefenso ante las personas que ahora le sujetaban, que lo habían señalado como enemigo. Que lo arrastraban fuera del convoy en la siguiente parada. Que lo apartaban de su otra. Que se la habían arrebatado. Y que lo habían convertido en un paria. Le reprimían. Le controlaban. Le castigaban. Y de nada había servido su brillante esmoquin. Ni haber pagado el billete. El hombre había perdido su estatus, sin tan siquiera poder balbucir una palabra sobre la ostra, de tan apenado y anulado que se encontraba. Ya no era persona, era reo. Era objeto.
         Cuando el hombre de esmoquin abandonó escoltado el tranvía, una anciana se llevó las manos a la nariz y aspiró. Se dio asco a sí misma y un segundo más tarde, se avergonzó. Miró alrededor, pero todo el mundo seguía conmocionado por el asaltante y nadie parecía reparar en ella. Eso le alegró un poco. Ya sólo le quedaba una parada  y podría llegar a casa y lavarse las manos. Era la última vez, se prometía de nuevo, que ayudaba a su hija mayor a despachar en la pescadería.


           

16 sept. 2012

Frankenstein se hace un sándwich de Adam Rex

Parece que se acerca el otoño, así que es hora de abandonar la lecturas ligeras y superventas del verano y pasar a otra cosa: a recuperar clásicos, del terror preferentemente, e historias de suspense e intriga. Pega con los días más cortos, las noches más húmedas. Atrás quedan los días ociosos sin hacer nada, tumbados al sol, con la mochila a cuestas y viviendo aventuras en otro país lejano. ¿Deprimente volver a la rutina? Tenemos la solución que buscabais: Frankenstein se hace un sándwich y otras historias que seguro te van a gustar pues tratan de monstruos y algunas también de comida - Porque te gusta la comida, ¿no? Muy bien pues de Adam Rex y editada (para nuestra sorpresa) por Océano Travesía.



¿Qué lector que se precia no adora a un monstruo en particular? Con tanto donde elegir. Yo siempre fui de Drácula, lo reconozco, pero Frankenstein demuestra en la obra de Adam Rex ser una criatura absolutamente encantadora, con una capacidad humorística que nada tiene que envidiar a las grandiosas ocurrencias de Edward Gorey o Mel Brooks. Como tampoco deben avergonzarse el resto de monstruos versionados: el Fantasma de la Ópera se convierte en un compositor bloqueado que no puede sacarse de la cabeza la Chica de Ipanema; la Momia en momia consentida que quiere cuentos y galletas; Dr. Hyde en un flemático Mr. Henderson que no da miedo, pero mata del aburrimiento. El perro del Hombre Lobo está harto de que arañe las puertas. A Frankenstein le tiran comida dementes vecinos. Dos zombies se encuentran en el zoo. Y el hijo de Drácula va al dentista. En conjunto, el álbum resulta un envidiable compendio de historias disparatadas y muy muy muy originales. Imposible que no te arranquen una sonrisa, o dos. Creemos que hasta reirás del gusto. Todo en forma de menú, para que vayas abriendo boca y termines con la sensación de que tienes entre tus manos algo muy guay y ¡estamos de enhorabuena! porque hay continuación, Frankenstein se lleva el pastel (próximamente en sus mejores blogs).



Adam Rex es un molón ilustrador nacido en Ohio y que se conserva la mar de bien, y la mar de indie, a sus 39 años. Ha publicado tres novelas según Wikipedia (por supuesto, sin traducir) y un montón de álbumes sin traducir tampoco, y también diseña juegos de rol (que seguro que tampoco se pueden conseguir en ningún establecimiento de este país). Por suerte, se puede visitar su página web aquí. Y pasar un buen rato con su blog y dibujos. Para nosotras ya es un favorito. No sólo porque ilustre cuentos de Neil Gaiman y diseñe también camisetas que nos pondríamos para ir de concierto. Adam tiene talento. Y es más gracioso que Tim Burton. Así que adictos y  grandes consumidores de terror, enamorados del gore y la literatura gótica, el s.XIX, Valdemar y las películas ochenteras de zombies, no os lo perdáis.

Adam dando clases



(c) de la traducción: Francisco Segovia. Editado en México por Océano Travesía. 

12 sept. 2012

Dos entradas muy seguidas...

Pero teníamos que compartir esto:



By Joost Swarte. Nosotras ya tenemos el set completo de 12 postales, que se puede adquirir en tiendas modernas de la ciudad, o aquí

11 sept. 2012

27 historias para tomar la sopa de Ursula Wölfel & Pablo Bernasconi

Cuentos breves, ilustraciones futuristas y molonas y sopa. La única parte de la ecuación que nos disgusta es la sopa, aunque quizá eso hubiera sido distinto de haber tenido a alguien ingenioso que distrajera nuestra atención con cuentos graciosos. Una alternativa al jueguecito de abre la boca que aquí viene el avión. 27 historias para que un niño se termine la sopa y deje el plato bien vacío y le quede la cabeza llena de imágenes divertidas: hormigas, vacas y caballos felices. Y sombreros voladores. Sin embargo, lo que realmente destaca y remata este recopilatorio de microcuentos son las ilustraciones de Pablo Bernasconi.

A nosotras las historias se nos hicieron muy repetitivas y un tanto pesadas, pero insistimos y seguimos porque las imágenes -que ya hablan por sí solas- eran una auténtica maravilla. Pablo es un autor muy recursivo, de gran imaginación, que tiende a animar lo inanimado y crear desde lo inesperado. Por eso, las mariposas son tubos de pasta de dientes con alas que son espejos. O la tela de las arañas son alambres. Las vacas, neveras. Y los cuernos de los caracoles, semáforos. Un mundo mecanizado, como ya anuncia la portada, en la que la excusa es la sopa y la conclusión es que uno siempre puede y debe confiar en los cuentos. Como remedio para todo: para que los niños coman; para que los días largos y pesados se vuelvan livianos; para acabar subido en una cuchara voladora y sobrevolar los problemas y miedos.

Ursula Wölfel es toda una eminencia en Alemania, una reconocidísima y premiada autora infantil. Quizá nuestra pega viene de que este sí que es un recopilatorio muy para niños, niños bien pequeños. Pero nos encantó y enamoró Pablo Bernasconi, todo un prolífico y solicitado ilustrador internacional que también tiene cuentos propios, y un par para adultos. Algo que debemos investigar y de lo que informaremos a su debido tiempo. 



Echadle un vistazo. Buscad su nombre en Google. Y si os apetece de verdad, contadnos qué os ha parecido.


¡Hasta pronto!


p.S: Edita Kalandraka. Traduce: Pedro A. Almeida. 

p.S.2: La página de Pablo aquí. Visitad su portfolio y flipad. 

4 sept. 2012

Fragmentos cinéfilos 5: Kubrick. Biografía de John Baxter

Nunca hemos sido grandes apasionadas de leer biografías. Pero debe de ser como beber café o vino, un placer en el que te instruyes con el tiempo (una teoría bastante tonta, por otra parte). Además, nunca habíamos tenido suerte con los biógrafos. Comenzamos con los monográficos de Taschen sobre artistas. No están nada mal, pero a veces uno puede perder un poco el hilo si no tiene una base sobre arte. Por eso, no fue hasta encontrar la editorial T&B Editores, especializada en cine y música, que dimos con lo que verdaderamente andábamos buscando. Y eso que nuestro primer contacto, la biografía de Bowie de Christopher Sandford, no podía estar peor editada y contener cosas más extrañas que los potajes subtolkenianos.

Sin embargo, John Baxter se merece toda nuestra admiración. Es un texto riguroso, sin comparaciones cósmicas ni metáforas y subordinadas imposibles de entender. Que se centra en lo más interesante de Kubrick, sus películas. Y que repasa su vida privada sin que uno tenga la sensación de que está descuartizando su intimidad. Sobre todo, respeto al Maestro. Aunque uno se quede con la sensación de que trabajar con él podía ser un auténtico infierno. Curiosamente, muchos de los que experimentaron algo así, no dejaron de considerarlo un genio. 

Un imprescindible para fans de Kubrick y para cinéfilos en general (hay muchas curiosidades y anécdotas sobre rodaje, actores, escritores, etc. que os sorprenderán). Y como estamos en un "fragmentos", os dejamos con un vídeo ;)

¡Hasta pronto!






30 ago. 2012

Ge + De

Quisiera compartir con vosotros un cuento al que le he estado dando vueltas durante las últimas semanas. Se trata de un ejercicio, una experimentación estilística. Y la historia de amor de Ge y De. 

Que tengáis una feliz lectura. Gracias por vuestro tiempo. Y si os apetece, agradeceré enormemente vuestra opinión. Dejar comentarios es gratuito ;)


Más reseñas en breve,

Jen

+++

Cuando Ge se murió, o quizá partió, De siguió preparándole la cena. Todos los días, a las diez menos cinco exactamente, le colocaba el plato en la mesa frente al suyo. Y se sentaba a contemplar la silla vacía. No siempre tenía la misma reacción ante la ausencia de Ge: a veces, cuando creía que había muerto a causa de la enfermedad, se echaba a llorar y entonces no probaba bocado. Otras, cuando De pensaba que Ge se había ido porque su amor se había terminado, se enfadaba de tal forma que empezaba a soltar improperios y acusaciones que llegaban tarde. Otras veces tocaban los días buenos, se encogía de hombros y se concentraba en el plato, con resignación. Incluso pensaba que pronto volvería. Que a pesar de todo se querían lo suficiente como para tener este tipo de altibajos y superarlos. Muchas veces se sumergía en pensamientos oscuros y no sabía bien por qué persistía ante aquella silla vacía. Qué sentido podía tener la vida si Ge no estaba a la hora de cenar, comentando las últimas noticias con pasión, indignándose porque al vecino se le había vuelto a romper la bolsa de la basura en el rellano y no lo había recogido; Ge hablando de su madre, del trabajo, de que se quería comprar un tocadiscos. Ge diciendo que tenía que ir al médico pero no quería. Ge quejándose de aquella casa, de aquella ciudad, de De. Y De sonreía, reía, asentía y hacía ver que escuchaba con atención. Pero sin prestarle demasiada. Porque lo daba todo por hecho. De siempre en su mundo. Imaginándose protagonista de múltiples fantasías. Sin demostrar lo mucho que quería a Ge, sin disfrutar al máximo de cada momento, minuto; sin registrar del todo lo que salía de aquella boca tan deseada. De, tan poco pasional.
         Y ahora la soledad pesaba tanto como un plato a la hora de cenar. Quizá era llevadera, pero todos los días estaba ahí y humeaba.
         Nunca se dio cuenta de cuándo empezó a dejar los platos de Ge en la mesa, por si volvía con hambre una vez que De se hubiera acostado. Incluso apiló uno sobre otro durante una semana. Por ejemplo, un día puso la ensalada sobre un trozo de pizza reseca y enmohecida. Así hasta llenar la mesa. Así hasta quitarse el sitio de su propio plato. De le ponía el plato de la cena a Ge, pero nunca lo recogía. No vaciaba el contenido. No lo fregaba y lo guardaba en la despensa. Prefería no darse cuenta de que prepararle la cena a Ge era un despilfarro innecesario.
         Cuando se le acabó el espacio en la mesa, empezó a ocupar el suelo inmediato. Un día no tuvo más remedio que ir al supermercado a por más platos y otra cubertería. Más vasos, nuevas servilletas de tela. En cuestión de medio año, había ocupado todo el espacio de la cocina, que apestaba y estaba llena de moscas y otros invertebrados más repulsivos. Saltaba entre los platos para llegar hasta la nevera y llenarla con comida para dos; saltaba entre las sobras intactas de antiguas cenas para volver a encender los fogones y cocer pasta para dos; saltaba para salir de allí y meterse sin compañía en una cama para dos. Pero renunciaba a que la marcha de Ge fuera irreversible, pues creía en la Resurrección de la carne y confiaba en que Ge recapacitaría y echaría de menos su antiguo hogar. Todo esto le impulsó a invadir el pasillo con nuevos platos para Ge. Sus platos favoritos.
         Pero pasó un año más y también ocupó sin piedad el salón, el baño, el cuarto de invitados y las mesillas de su habitación. El olor era bastante insoportable; el cuadro, un bodegón en honor a la enajenación. Muchos fueron los vecinos que se quejaron, familiares y amigos dejaron de visitar a De por si acaso. Porque seguía creyendo con un fervor inigualable en el regreso de Ge. O quizá De los expulsó de su vida cuando quisieron meterle entre ceja y ceja un poco de razón. Pero no soportaba ese «Hazte a la idea de que no va a volver». Ge, su gran amor. Le parecían malignas insinuaciones por parte de los que creía sus allegados, así que les prohibió el paso a su fortaleza de comida podrida, donde la abundancia se medía en platos sucios y apestosos.
         De siguió hasta que ya no quedó espacio ninguno para pasar entre los platos. Tantas tortillas había aplastado que ninguno de sus zapatos lucía limpio. Se deshizo de muchas pertenencias para seguir preparándole la cena a Ge: libros, ropa, mantas, todo lo que albergaran los cajones de su casa; metió platos en la bañera y dejó de ducharse. Y no paró, hasta que a su alrededor sólo había montañas de platos en falso equilibrio. No paró hasta meter más de mil doscientos platos en aquel piso. Y cuando una vez se mareó por el fuerte olor y tropezó con una gigantesca columna de platos rancios, se dio cuenta de que habían pasado más de tres años.
         Y Ge no había vuelto.
         Cuando recuperó la conciencia, un pensamiento se disparó de su boca:
         —Así cómo va a volver. Qué asco doy.
         De decidió que limpiaría. Que sacaría toda aquella inmundicia del hogar donde tanto se habían amado y ahora solo había platos sucios para tapar la desesperación y un corazón roto. Pero lo enmendaría. De volvería a ser aquella persona capaz de enamorar a Ge. Volvería a comportarse como un ser racional y civilizado, que friega los platos después de cenar y ve a los amigos.
         Y así volvería Ge.
         Por si acaso, compraría una ouija; quizá buscar su tumba y llevarle flores todos los días. Y vivir en el recuerdo de aquellos días tan felices. O podía hacer la maleta y descubrir adónde había partido Ge. Presentarse con un ramo y de rodillas pedir perdón por lo que fuera. Y vivir nuevos días felices.
         Porque lo cierto es que De nunca se enteró del todo bien de aquel capítulo tan importante en su vida; no tuvo tiempo para pelear por aquella persona tan especial; no era capaz de comprender por qué, ni de encontrar un motivo coherente. No recordaba cómo había muerto Ge, o cómo y por qué se había marchado, si había sido a escondidas mientras De estaba trabajando o durmiendo plácidamente. O si vio como Ge salía por la puerta y De no fue capaz de impedirlo por tonto orgullo.
Sólo sabía que Ge ya no estaba.
Y De se había sumido en la miseria.
         Recuerdo perfectamente el día que De decidió emprender su búsqueda y poner en orden su vida. Decidió dejar la casa bien limpia. Se deshizo de toda la basura: ocupó más de veinte bolsas de plástico y bajó todos los platos sucios haciendo un ruido de mil demonios.
         Desinfectó la casa. Retiró las cortinas, las fundas de los sofás. Tiró los manteles apolillados. Los trapos viejos. Las sábanas mancilladas con gratén carcomido. Pasó la fregona, la escoba, limpió los cristales. Rascó entre las juntas de las baldosas, los fogones, un montón de ollas. Vació la nevera, llenó el congelador y el armario de provisiones por si las moscas. Y por último, pintó las paredes de un color crema. Muy elegante.
Cuando hubo terminado, De tomó un baño y se vistió con la ropa que más le gustaba a Ge; por suerte, no había tirado la cazadora amarilla ni los zapatos plateados. Así era De en realidad, un poco futurista. Y preparó el equipaje para emprender una larga investigación, lo que hiciera falta para encontrar a Ge: agenda telefónica, mapa, guía de Europa. Se compró una brújula, sacó todo el dinero del banco y se hizo una tarjeta de crédito. Haría lo imposible, aunque significase tener que pasar al Más Allá, aunque tuviera que recorrer la Tierra tres veces a pie. Libros, el diario de Ge, su partida de nacimiento. Una mochila pequeña. Y además la fe. Una fe ciega y absoluta. De iba a encontrar a Ge.
         A la mañana siguiente, De atravesó el umbral de casa, cerró con llave. La vecina de al lado esperaba en el rellano con cara de asco y los rulos puestos. Lo que dijo no fue agradable de escuchar, así que De hizo caso omiso. No era momento de reproches y faltas pasadas, ni de destacar el poco civismo que había mostrado. Se cargó al hombro la bolsa e inició un descenso con paso seguro, firme. Abrió la puerta a las 10 un lunes. Un autobús pasaba precisamente en ese momento por su calle. Estaba a punto de detenerse en la parada a unos cien metros.
         El sol brillaba. Olía a ciudad.
         De no lo pensó un momento. Decidió subirse. Pagar el billete, sentarse en la ventanilla y espiar a los demás durante el trayecto. Observar. Iniciar su viaje sin retorno.
 Tras Ge. Porque Ge era todo. Y nunca lograría superar su muerte, o su partida, si no conseguía dar con su paradero y saber qué le había pasado.
         Quizá encontró a Ge.
Quizá no.