18 sept. 2012

Crónica del hombre que llevaba esmoquin en el tranvía

Como ya tengo otros proyectos en mente, ha llegado la hora de liberar otro cuento antes de enterrarlo entre archivos varios. Es un cuento costumbrista, casi verídico. Por lo que sé, bien podría ser absolutamente cierto. Es sabido que la realidad siempre supera la ficción.

Muchas gracias por tomarte tu tiempo y leerlo. Espero que lo disfrutes. Agradeceré los comentarios y la difusión más todavía. 

Saludos,

Jen


p.S: Me alegra a la vista que el contador de adictos vaya creciendo. Somos un blog periférico, pero en crecimiento. Qué guay. 


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Absorto en aquel vehículo interurbano se trasladaba de A a B contemplando las fachadas y tejados de aquel barrio deprimido pasar. Ajeno a todas las miradas inquisitivas, al fruncimiento de ceños que lo despreciaban por semejante atuendo desproporcionado. Un símbolo textil de un mundo que no existía en aquellas calles grises y malsonantes, donde florecían desperdicios y donde la gente tenía miedo de salir sola cuando se encendían las pocas farolas que nunca alumbraban suficiente los portales. Los había asombrados y curiosos que sinceramente se preguntaban por qué a las tres de la tarde él viajaba con esmoquin, repeinado, con las patillas bien recortadas. Algunos indignados mascullaban un lo que hay que ver. Pero no se le podía echar nada en cara, pues era el único que había pagado el billete, y sin dudarlo, sin asomarse a ver si había revisores.
         Ufano viajaba de cara al cristal, sin prestar demasiada atención a sus interrogadores. Uno o dos imaginaban adónde iría así vestido, quizá a un bautizo. A un tercero le parecía ridículo. Con el calor que apretaba. Una señora había conocido a su madre hacía mucho tiempo. Sabía de sobras que el hombre tenía motivos suficientes para sentirse tremendamente solo, aunque su expresión no era ni por asomo amarga o derrotada.
         Absorto fue el adjetivo que le duró hasta la siguiente parada. Subió una chica muy morena de piel en shorts y se sentó a su lado. Sin complejos, la muchacha subió los pies al asiento de enfrente. Escuchaba música a través de unos grandes auriculares rosas. Sin embargo, nuestro hombre no se entretuvo por este desliz maleducado tan habitual, ni le distrajeron su par de piernas desnudas y bien formadas, ni la proximidad, ni el ruido que hacía el chicle que mascaba.
         Fue una cosa bien distinta. Tan hipnotizadora a veces. Tan desagradable otras. Tan profunda y acentuada a pesar del frío casi ártico que se vivía dentro de aquel vehículo casi supersónico: una profunda e inequívoca peste a pescado crudo se instaló en las fosas nasales del hombre con esmoquin, que inmediatamente identificó como el olor corporal de su acompañante más cercana. Se mantuvo en sus trece de concentrarse en el paisaje, mientras la nueva pasajera le atormentaba.
         Intentó con todas las fuerzas mentales seguir ensimismado en las fachadas y tejados, pero tuvo que poner ahínco en mantener la cabeza en su sitio y su tranquilidad se empezó a descomponer. De tan intenso que era el hedor, que no procedía de ningún órgano concreto. La muchacha segregaba indiferente cual fragancia esa pestilencia atroz. Nuestro hombre intentó contenerse cuanto pudo.
         Pero pronto también se le empezó a torcer la mente.
         Y ya no hubo marcha atrás. De repente, los tejados y ventanas con la ropa tendida quedaron sustituidas por una pecaminosa idea retorcida: la muchacha era una ostra.  Podía deleitarse con su reflejo en el cristal: carnosa, salada, viva. Palpitaba atractiva y el hombre la veía con sus propios ojos, como si la mirada fuera capaz de atravesar su propia nuca: junto a él se había instalado una inmensa y suculenta ostra. Una ostra cara, fuera de lugar. Apetitosa; una ostra de banquete para un hombre con esmoquin. Un delicioso manjar.
         Le crujieron las tripas. Ya no le importaba el fuerte olor a pescado. Era tan natural. Era una ostra. Era un regalo. No había tenido tiempo de comer ni prepararse un sándwich que llevarse para el trayecto, tanto tiempo había dedicado a plancharse el traje. Y el hombre con esmoquin ignoró los cielos grises y los cristales rojos del enésimo callejón, las habladurías de los que no entendían su apariencia, ni ese nerviosismo que empezaba a reflejarse en su rostro. Se empezó a marear, a transpirar, a tener una desastrosa sensación que por más que quiso reprimir, ya se había instalado allí como una losa, una piedra en la boca de su estómago: deseaba con todas sus fuerzas morder a la sabrosa ostra. Abrazarla. Hincarle los incisivos como si fuera un hombre rapaz. Impregnarse de una carne más exquisita que el caviar.
         Comenzó a salivar con el recuerdo de algunas ostras pasadas, todavía de cara al sucio vidrio. Pero nada era comparable, ningún recuerdo fotocopiado en el cerebelo podía compararse con la idea de una ostra gigante. Un capricho caído del cielo. Unas ganas innombrables de hacerse con el poder, más que de saciarse, como la morsa en aquel cuento. Y llevaba puesto el esmoquin. Toparse con aquel prodigio era el éxtasis para cualquier gourmet.
         El hombre cerró los ojos y empezó a darse callados golpecitos en la sien contra el cristal. Un ligero atisbo de sensatez, quizá. O de miedo ante la lujuria y gula que sentía, tal vez. Gruesas lágrimas resbalaron por su cara bien afeitada. Sabía que aquello era inaceptable, una actuación inconsecuente, que era imposible abalanzarse contra la ostra. Porque no podía tomar lo que no era suyo, y mucho menos gratis. Al fin y al cabo, y a pesar del esmoquin, no era nadie. Pero en ningún momento pensó que la ostra no era una ostra, la verdad resultaba inconcebible, porque su mente se había torcido mientras aquel vehículo interurbano languidecía a través de catenarias interminables.
         El hombre con esmoquin podía cerrar los ojos y contenerse si quería. Pero no podía apartarse de aquel fuerte olor que lo había paralizado. Sus piernas no le hubieran respondido, su culo estaba cementado al asiento. Y los párpados bien apretados no podían desterrar la visión de aquella ostra gigante. Le crujieron de nuevo las tripas. Hambre.
         Entonces, pasó.
          Se abalanzó. Antes de que sus manos llegaran a abarcar por completo el enorme cascarón, todavía con los ojos cerrados, se escuchó un grito que de nuevo llamó la atención sobre aquel extravagante pasajero. Pero la muchacha no consiguió desembarazarse de su asaltante a tiempo, que al final despertó de su ensueño porque en su boca no le quedó el  rastro salado de una ostra, sino un sabor bien distinto, tan fácil de identificar por particular y común en todos: sangre. Con horror contempló a su víctima aterrorizada. Su mente torcida intentó recomponerse entonces, pero ya era demasiado tarde. Las ideas, el poder de la percepción, se habían derrumbado. Se había quedado huérfano. Al borde de las lágrimas, sin entender qué había sucedido con su ostra soñada. Desnudo y desarmado ante todas aquellas miradas. Se había desvanecido su delicioso manjar sin que se hubiera dado cuenta. Indefenso ante las personas que ahora le sujetaban, que lo habían señalado como enemigo. Que lo arrastraban fuera del convoy en la siguiente parada. Que lo apartaban de su otra. Que se la habían arrebatado. Y que lo habían convertido en un paria. Le reprimían. Le controlaban. Le castigaban. Y de nada había servido su brillante esmoquin. Ni haber pagado el billete. El hombre había perdido su estatus, sin tan siquiera poder balbucir una palabra sobre la ostra, de tan apenado y anulado que se encontraba. Ya no era persona, era reo. Era objeto.
         Cuando el hombre de esmoquin abandonó escoltado el tranvía, una anciana se llevó las manos a la nariz y aspiró. Se dio asco a sí misma y un segundo más tarde, se avergonzó. Miró alrededor, pero todo el mundo seguía conmocionado por el asaltante y nadie parecía reparar en ella. Eso le alegró un poco. Ya sólo le quedaba una parada  y podría llegar a casa y lavarse las manos. Era la última vez, se prometía de nuevo, que ayudaba a su hija mayor a despachar en la pescadería.


           

3 comentarios:

Cristina García Lopez dijo...

Woou nena! tienes martirizados a tus personajes! ¿que harás el día en que se presenten frente a ti y te cuestionen el porque? XD

Está genial, me ha hecho reír y arrugar la nariz, pero me he quedado con las ganas de saber que hacía el pobre hombre en esmoquin y porque se debía de sentir solo.

;D Pero guay!!
Petons!!

Musa dijo...

¡Gracias, Cris!
Mientras nos se pongan en huelga, les daré todas las explicaciones que deseen.

No te preocupes excesivamente por el hombre con esmoquin. Seguramente lo multaron y punto. Tampoco por un bocadito iba a terminar en la cárcel ,¿no? La próxima vez llevará peto.

Mua

Víctor L. Briones Antón dijo...

Inquietante y brutalmente bien descrita la progresiva enajenación del "esmonquinado" caballero.

Me gusta lo irreal que parece todo. Muy bueno.