19 abr. 2013

Dos hermanas reciben visita de Sonja Bougaeva

¡Hermanos, hemos vuelto!

Con otra delicatessen. Por no variar. Con otro proyecto de fin de carrera que se transformó en un álbum ilustrado que nos ha parecido una genialidad. De autora rusa (¡¡¡¡viva!!!!) asentada en Hamburgo, que nació en San Petersburgo (love total) y publicó por primera vez en Suiza. Un cuento sobre lo que nunca debemos hacer a los demás, pero sobre todo, sobre lo que no debemos permitir que nos hagan. Aplicable a diversos aspectos de la vida: la vida doméstica, el aspecto personal, a nuestras ideas fundamentales, a nuestros gustos esenciales. Debemos defender nuestro derecho a ser como somos. No traicionarnos jamás. 

¿Os acordáis de Judi Dench y Maggie Smith en Ladies in Lavender? Seguramente no -y seguramente yo me acuerdo por Daniel Brühl-, pero ahora mismo me vienen a la cabeza porque las protagonistas de este álbum son muy parecidas: dos hermanas viven apartadas del mundo y a su aire en una isla con la única compañía de sus mascotas, que son amigos y hermanos más que otra cosa (yo esto lo entiendo) y campan por la casa y el jardín a sus anchas. Las hermanas hacen y deshacen a su antojo; son autosuficientes, porque tienen su pequeño huerto, y viven en una de esas casas que cuentan sus vidas y reflejan sus gustos: donde se apilan centenares de objetos con valor sentimental, y donde sobre todo, son verdaderamente felices. El único contacto que tienen con el exterior es el transbordador que les trae los periódicos y cartas una vez a la semana. Si necesitan comprar alguna cosa, porque se les ha acabado el té, por ejemplo, cogen su bote y reman hasta la ciudad más próxima. En definitiva, son libres. Propietarias de sus vidas. 



Hasta que un día reciben la visita del primo Hans. Al principio, están encantadas. Porque Hans les arregla el grifo que gotea. Les arregla la lámpara del pasillo, la silla que cojea. Y entonces, un día, les pinta la casa. Les cambia el desayuno. Echa las mascotas al jardín, llueva o haga frío. Les cambia el salón que estaba lleno de trastos (según él); arregla el césped a su gusto. Pone a las hermanas a hacer ejercicio. Sí, llegó Hans a cambiarles la vida. Y yo me pregunto:

¿Con qué derecho? ¿Qué derecho tienen/tenemos de cambiar nuestra forma de vivir, que al final, siempre es producto de nuestra forma de ser? ¿Qué necesidad tiene un ser humano de querer cambiar a otro? Aun más: ¿por qué lo íbamos a permitir? 

Un álbum sencillo y precioso que de forma brutal y divertida pone en evidencia lo absurdo e intrusista que somos los seres humanos. Las hermanas eran felices y de repente enferman por culpa del pariente. Gozaban de una vida pacífica en su caos particular (y yo que puedo vivir en el caos, os aseguro que es tan válido disfrutar de él como lo es disfrutar del orden). Desde luego, la casa de una persona es su templo y es sagrada. Somos una especie territorial, y lo nuestro es nuestro y que no lo toque nadie. 



A todo esto, sumadle una gracia innata que hará que os enamoréis de las dos hermanas, y de sus mascotas, por supuesto. Y envidiaréis un poquito la paz idílica en la que viven, y a la que todos deberíamos aspirar (que cada cual elija el formato). Y querréis matar un poquito a Hans, o al menos, expulsarlo de la isla para siempre. ¿Y verdad que vais a comprar por Sant Jordi un álbum ilustrado? Pues eso, nosotras dando ideas.

En breve volveremos. Extasiadas, desde luego.

p.s: Publica Takatuka. Traduce Carme Gala. Vale 15 €

p.s.2: Éste lo aconsejamos especialmente para adultos como recordatorio. Y para niños un poco más mayores, como consejo de vida ;)