12 abr. 2013

Preparar microcuentos para concursos a los que nunca llego a presentarme

Es la tónica de mi vida. Querer hacer cosas y no mover un dedo. Bueno, mover las manos sobre el teclado y acumular documentos de Word en carpetas de nombres diversos. Este texto era para un concurso de microcuentos sobre la crisis al que no me presenté. Lo rescato porque me parece tan feudal como el veto y boicot estudiado al libro Adiós, princesa. ¿Sería posible? Yo estoy segura de que no existen los filántropos.

...

El proyecto sociológico fue todo un éxito. El undécimo presidente de la crisis era asimismo el primero nacido en tiempos de recesión. Y había encontrado la panacea estatal, la falacia definitiva: había devuelto a aquel pueblo de montaña al pasado. Y esperaba lograrlo con todo el país. Contaba con un complicado entramado de propaganda que borraría la memoria colectiva. Morirían todos los que habían conocido tiempos mejores. Los que eran capaces de reconocer cuándo se estaba pisoteando su libertad y privándolos de derechos fundamentales y que siempre habían tenido. Y borraría sus recuerdos.
A las cinco de la tarde del jueves, el autobús que suministraba provisiones a aquel pueblo de montaña se detuvo en la plaza. Un centenar de habitantes se congregó alrededor del vehículo. El conductor abrió las compuertas y descendió meneando la cabeza. Tensos esperaban las malas noticias, ya sabidas:
—Se acabó. Nos hemos quedado sin carburante. Para siempre.
Algunas señoras se cubrieron la boca ahogando un grito. Algunos renegaron. Muchos lloraron en silencio.
El gobierno había anunciado en su boletín la desaparición de los carburantes. El apocalipsis: un mundo sin combustible. Estaban solos en medio de las montañas. Se esperaba una nevada para dentro de dos días. Justo cuando finalizaba el proyecto: el gobierno cortaría la luz y culparía al mal tiempo. Los dejaría a oscuras.
Y se olvidaría del pueblo. 

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