7 jul. 2013

Pippi Calzaslargas: todas las historias de Astrid Lindgren

No me importa confesarlo: yo también soy una moderna que compra Blackie Books. En más de una ocasión, he estado a punto de hacerlo por el simple hecho de poseer uno de sus maravillosos diseños. Comprar Blackie Books puede llegar a ser como comprar Converse, o que te fastidie un poco si en vez de Coca-cola te sirven otra cosa. Comercialmente, es una de las pocas editoriales que la gente compra de cabeza sin preocuparse por lo que viene dentro. El relevo de Compactos Anagrama, en mi opinión. Una de las independientes con más éxito (si no la conocéis, que lo dudo, tenéis que entrar ya en su web). Así que también confieso que -un poco al menos- el impulso de comprar Pippi Calzaslargas lo motivó el sello que lo publicaba, que con gran acierto ha recopilado todas las historias de Astrid Lindgren en un solo volumen (las ediciones de esa editorial que empieza con J, y cuyo nombre prefiero no recordar, son poco más que horrendas. J es un poco quiero y no puedo, pero eso ya es otra historia). Lo que vengo a decir es: soy una moderna sin complejos. Y también una niña. La portada de esta edición es moloncia a más no poder, y ya sabéis que me pirran estas cosas. Pero mejor no leáis la contraportada si no sois hipster de pura cepa, que lo de anarcoinfantil me repatea, la verdad (seguro que no soy la única). 

El primer contacto con Pippilota Delicatessa Windowshade Mackrelmint lo tuve, como muchos de mi generación, con esas reposiciones de la serie de televisión que siempre echaban durante los veranos. No puede decirse que la siguiera siquiera, pero siempre que haciendo zapping la pillaba, me quedaba embobada. En un ramalazo retro, el otro día me compré la camiseta de la serie en el FNAC (lo sé, a veces me paso). Una de mis escenas favoritas de la serie, que es el viaje en globo, no aparece en ninguna historia. Pero Astrid Lindgren, que inventó a Pippi para sus hijos, te atrapa y te engancha y provoca que desees ser niño otra vez y tener toda esa cantidad de horas para jugar (y leer). Personalmente, no creo que la autora tuviera en mente la noción de anarquía al crear a Pippi, aunque ahora los más doctos adultos sean capaces de encontrar rasgos y comportamientos tan anárquicos en el personaje, porque no acepta la sumisión y es una deslenguada. Puede que tengan parte de razón. Aunque creo que la buena de Astrid más bien tuvo en mente el concepto de libertad y fantasía, y de que todo es posible de creer cuando uno es pequeño. Sobre el papel todo vale. Que Pippi vivía sola y nadie le decía que tenía que acostarse a tal hora porque esa es la panacea para los niños: hacer cosas de mayores, cosas prohibidas. Que Pippi era más fuerte que Sansón porque la fuerza sobrenatural es lo que hace a los héroes de manual, y todo los niños quieren ser o el más fuerte de clase, o el más rápido, o el más ágil, o el más algo. Cómo no va a querer un niño ser pirata, tener un caballo, un mono que se llame sr. Nelson y cenar dulces día sí, día también. En todo caso, Pippi es la materialización de los sueños infantiles. Que vaya boquita tiene, desde luego. Que vaya puyitas tira a la sociedad que se empeña en cortar a todas las personas por el mismo patrón, también. Pero eso es algo que únicamente el lector adulto es capaz de comprender e inferir del texto original. Y en principio, Pippi fue un regalo de cumpleaños para una niña de 10 años. 
Astrid con Inger Nilsson allá por los 60. Esos calcetines
blancos son la leche.

A Astrid se le ve un poco el plumero, no lo vamos a negar, pues era una mujer como tiene que ser. Pero ella cómo iba a saber que más de 60 años después, de repente, una legión de modernos la leerían por estos lares. No hemos sido los únicos adultos que hemos hecho tal cosa, desde luego, pero lo mejor que le ha podido pasar a Pippilota en este país es que los de Blackie se interesaran por ella. Demostración de que en Suecia no sólo saben hacer novela negra, sino también que riamos hasta que se nos salten las lágrimas. Icono para los amantes de lo retro, Pippi puede llegar a ser insoportable cuando la invitas a una fiesta o a tomar té; Pippi te va a mentir, pero abiertamente; Pippi es la reina de cantarle las cuarenta a todos los se que meten donde no les llaman (y si no, no os perdáis el capítulo con Rosenblom). En resumen, Pippi es deslumbrrrrrrante. 

Hermanos no-modernos, dejad los prejuicios de lado: presentadle a Pippilota a los niños que tengáis alrededor y les haréis un favor. Leed a Pippilota cuando lo estéis pasando mal. Cuando estéis hartos de todo. Cuando estéis aburridos. O no. También cuando todo vaya sobre ruedas. Al menos, intentadlo. Porque no es nada sano dar de lado a la literatura infantil. Corréis el riesgo de que un domingo os levantéis y os pongáis a llorar porque todavía no es lunes y no tengáis que ir al trabajo. O que de repente, solo os interesen las matenméticas y plutificar sin parar. 

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