8 ene. 2012

microcuentos 3 (reciclado) - - movimientos atómicos de un cuerpo sideral


Ramón se sentó frente al espejo del tocador materno cuchillo del pan en mano. Se levantó el espeso flequillo y calculó más o menos cómo debía ser la incisión. No se lo pensó demasiado y se rebanó la sesera, partiendo la frente en dos y sin apartar la vista del reflejo. Un corte a lo casquete. 
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No completó la circunferencia porque, en realidad, sólo pretendía echar un breve vistazo. Dejó el cuchillo a su derecha tras completar la delicada maniobra y, con sumo cuidado, se levantó la tapa de los sesos, como si un comecocos en vez de engullir fuera a vomitar. Se inclinó unos centímetros hacia delante y, gracias al espejo, pudo asomarse al centro neurálgico de su persona. Como intuía desde hace un buen tiempo, el interior era decepcionante.
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Envueltas en un halo gris un tanto más espeso que el humo de un cigarrillo pero sin llegar a la categoría de niebla, las neuronas pululaban ufanas por aquella materia viscosa. En distintos colores, tamaños y formas. Chispitas verdes, naranjas, azul eléctrico y amarillas. Miles de puntitos fucsias se concentraban en el centro. Ramón prefirió no saber.
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Clonc.
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Cerró la sesera y cogió el rollo de esparadrapo que reposaba a su izquierda. Se dio varias vueltas a la cabeza. El muy bruto no pensó en utilizar un venda, pero claro, no era enfermero. 
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Su madre lo mataría; le había dejado el tocador perdido de ketchup. Y encima había roto un bote carísimo de crema de babas de caracol que olía a perros muertos (o a caracoles muertos, propiamente dicho).
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Como pudo se atusó el flequillo intentando tapar al máximo la salvajada perpetrada. Por disimular. 
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Es que Ramón sólo quería mirar. 

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