18 dic. 2011

microcuentos 1 (micro es un decir)

Eva quería dejar a A porque era un madrero. Por eso, aquella noche había dormido en el sofá. Al despertar, contempló horrorizada que había dejado un cerco de saliva sobre el cojín de punto de cruz que le había regalado Hortensia, la madre de A. Seguro que ahora A le reprocharía que todo venía porque no soportaba a su madre. Y Eva quería mucho a A. Pero A insistía en ser A+Hortensia de forma indivisible. Eso la disgustaba. 

En el piso no se oía ni un murmullo y el reloj debajo de la tele ya marcaba las once. Qué raro, pensó. A era muy madrugador. Quizá se haya marchado ya a trabajar, decidió. Pero le parecía muy extraño que no la hubiera despertado para la discusión matutina. A era de costumbres fijas y no podía empezar el día sin un poco de tensión. Y menos si la había visto babear sobre el cojín de Hortensia. Quizá haya reflexionado, sentenció optimista.

Eva se desperezó. Se levantó y encendió la luz del pasillo. Entró en la cocina. Abrió la nevera. Sacó el zumo de manzana, su favorito. Se rascó el culo. Abrió el armario sobre el fregadero. Sacó un vaso. Se sirvió zumo. Se lo bebió de un trago. Y pensó: voy a por unas bragas limpias. 

Una excusa cualquiera.

Eva entró en la habitación compartida con A, que permanecía en la total oscuridad. Se dispuso a subir la persiana cuando tropezó con algo duro y pesado. ¡Ay!, exclamó. Subió la persiana y se agachó a coger lo que le había hecho tropezar: Teatro completo de Oscar Wilde. 

Se dio la vuelta y entonces vio el desastre sobre la cama. A se lo tenía dicho: nunca jamás duermas con una estantería sobre tu cabeza. Y he ahí a A, sepultado bajo Joyce, Bulgákov, Conan Doyle, Sylvia Plath y todos los demás. A no se movía. A estaba muerto porque la estantería se había desplomado. Debía de haber hecho un ruido infernal y ninguno de los dos se había enterado.

Eva, tienes un problema con las fases del sueño, se dijo. Y ya está.

Aquella tarde se marchó con lo puesto a casa de su madre, a refugiarse por si la buscaba la policía. Dejó a A tal cual porque A siempre decía que sería terrible morir y no recibir sepultura.

Menuda patraña. Lo dejó así porque odiaba limpiar y ordenar. Y aquel líquido rojo empapaba ya media sábana. 

3 comentarios:

san dijo...

Qe pena seguro qe se arrepintio!!!de dejarla i de poner la estanteria ahi!!!claro

Clementine dijo...

seguro que se lo tenía merecido por mamero.

Musa dijo...

¡Gracias, chicas!