30 dic. 2011

microcuentos 2

No estaba nada preparada para que muriese Firo. Pero la tarotista se lo había advertido: la muerte sobrevolaba el hogar y se preveía para la semana que viene. Los designios astrológicos no se pueden predecir, la Tierra gira y se va dejando a unos cuantos atrás. 

De repente, comenzó a ver a Firo deprimido y se asustó. No había ninguna razón fisiológica para que Firo dejara de existir, así que se temió lo peor. Que él no pensara en lo triste y abandonada que se sentiría tras su muerte, en lo mucho que lo quería y que sucumbiera a la desesperanza. 

Por eso, comenzó a asegurar la casa y a esconder las tentaciones, para no darle ideas. Escondió el cuchillo jamonero bajo el colchón; guardó todos los medicamentos en una maleta; cegó el enchufe del baño; escondió las tijeras en el buzón de Don Venario, su vecino. Antes de salir de casa, miró el horno con desaprensión. 

Salió de casa para comprarle un regalo sumida en los más tristes pensamientos. Creo que su nubarrón mental es lo que le impidió presenciar el escupitajo en el rellano. Lo pisó, se torció el pie, perdió el equilibrio y cayó rodando las escaleras. Con tan mala suerte que se partió el cuello. Y murió en el acto. 

Firo se quedó solo, en aquel alféizar donde apenas le llegaba el sol (y por eso se veía deslucido). Abandonado. No obstante, los cactus soportan muy bien la soledad. 






(y ahora sí que nos vemos el año que viene) 

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