8 abr. 2012

Artista invitada: Detalles de un accidente de Elena Rufaco

Nuestra invitada de hoy es una fabulosa cuentista de la zona del Maresme. Le gustan las ideas extrañas y poner a sus personajes en situaciones inusuales y siempre comprometidas. Una prosa hermosa y una estética bien cuidada, como a nosotras nos gusta tanto. Por favor, no os perdáis esta historia, que en una palabra es simplemente FASCINANTE.

Mil gracias a Elena por cedérnosla.

***

Antonio lloraba ante lo que quedaba de su furgoneta, amontonado en un desguace bajo el sol crepuscular. « ¿Cómo me ganaré el pan a partir de ahora?», pero pronto se dio cuenta de que no estaba solo. Un cincuentón alto y delgaducho, que vestía un elegante esmoquin, observaba también la furgoneta, al tiempo que se frotaba la barbilla y murmuraba: « ¡Magnífico, magnífico!». Antes de que Antonio pudiera reaccionar, el desconocido se presentó: «Perdóneme señor, me llamo Sebastián ¿ese vehículo es suyo?» Y así empezó una larga conversación en la que Sebastián le contó, entre otras cosas, que era miembro de la «Asociación de Admiradores del Automóvil Siniestrado y sus Consecuencias en el Medio» (ASCEM) y que le felicitaba por el grado estético de destrucción alcanzado en su furgoneta. Antonio, que hacía tiempo que se había maravillado de los gestos caballerosos, la dicción elegante y la rica retórica del desconocido, se vio arrastrado a llevarle la corriente. Cuando acabó, le tendió una tarjeta de la ASCEM, y con una tierna sonrisa de dientes perfectos, Sebastián se despidió, no sin antes invitarle a la próxima reunión de la asociación que tendría lugar allí mismo al día siguiente.

     Aquella noche, mientras se recalentaba para cenar las sobras del día anterior, Antonio se rió del extraño personaje del desguace, sus ricos paños y su asociación de pacotilla. No obstante, cuando el sonido del reloj retumbó en las paredes desnudas de su pequeño piso, sintió una angustia muy familiar que le invadía con fuerza. «Bueno, me divertiré un rato, incluso podré reírme en la cara de don Sebastián», dijo entonces en voz alta, burlándose del refinado hablar de Sebastián.

     Cuando al día siguiente llegó al desguace, un grupo de unas veinte personas conversaban en la entrada haciendo grandes aspavientos. Por sus ropas y sus coches, Antonio se dio cuenta de que eran bastante solventes. Sebastián fue a su encuentro y se los fue presentando uno a uno, y todos lo recibieron con amplias sonrisas. Entonces Antonio sintió un agradable calor en el pecho, porque por primera vez en su vida le tenían en cuenta. Ya dentro del recinto, empezó una especie de tour en el que un señor vestido de frac y sombrero de copa ejercía de guía. Mientras recorrían el desguace, el del frac fue describiendo las circunstancias de los accidentes sufridos por algunos de los coches que allí se encontraban, deteniéndose en los detalles más morbosos: el número de muertos, la posición en la que fueron encontrados dentro coche, la descripción de las cicatrices, las amputaciones, las lesiones medulares... Antonio, abrumado, vio cómo a los asistentes les brillaban los ojos y se frotaban las manos, y una sonrisilla de satisfacción dominaba en sus rostros. De repente, Sebastián le llevó aparte para decirle que tenía que dejar todas las consideraciones morales aparte, porque ellos no podían hacer ya nada, y «qué había de malo en apreciar la belleza de lo que estaba ya consumado». Después de esto, Antonio decidió no abrir la boca, aunque no pudo evitar que una ola nauseabunda se retorciera en su interior ante «la belleza de las cicatrices y hematomas que se fundía armoniosamente con los restos carbonizados de un automóvil».

     Más tarde se sentaron en la mesa de un caro restaurante de la ciudad, donde los caballeros no pararon de agasajarlo, pidiéndole su compañía para comer y cenar, jugar al golf en tal y tal club, o presentándole a bellas señoritas que ni en sueños hubiera imaginado conocer. Antonio poco a poco sentía que pertenecía a aquel grupo, y los hechos extravagantes del desguace parecían no tener ya tanta importancia. Hasta que, en mitad de la cena, Sebastián agarró a Antonio y apretándose junto a él anunció que en esa misma noche se llevaría a cabo una exhibición en honor del nuevo miembro. De inmediato todos saltaron de sus sillas y empezaron a aplaudir y a vitorear a Antonio, el cual no cabía en sí del gozo, tanto, que casi no se dio cuenta de que era empujado hacia la salida y llevado al interior de una enorme furgoneta.

     Cuando salieron de la ciudad y prosiguieron por una carretera apartada, los hombres ya no podían parar de brindar, de reír y de cantar. Alguien exclamó: « ¡Ah, ya sé! ¡Vamos al puente!», seguido de varios «hurras». En medio del jolgorio, Antonio preguntó a Sebastián para qué iban allí, y éste soltó una sonora carcajada. No entendía nada, y Sebastián se lo explicó todo levantándose la camisa para dejar al descubierto una gran cicatriz que le cruzaba todo el pecho. Ante el estupor de Antonio, los hombres que le rodeaban empezaron a aplaudir y a quitase la ropa para iniciar una especie de competición para ver quién tenía la cicatriz más grande y la más virulenta. Sebastián se inclinó hacia Antonio, y con voz aterciopelada empezó a valorar cada una de las heridas, que se exhibían como si se trataran de brochazos de Van Gogh o Vermeer ejecutados sobres los cuerpos de aquellos hombres. Fue entonces cuando Antonio entendió su destino, y en vez de apartarse de aquellos hombres que tan bien le habían tratado y que le habían hecho olvidar su desgraciada vida, decidió admirar las heridas y felicitar a sus dueños.

     Cuando la furgoneta cayó, Antonio no sintió nada hasta que despertó, minutos más tarde, maltrecho entre un amasijo de hierros y un fuerte olor a gasolina. Miró a su alrededor, y entonces vio a Sebastián a su lado que le observaba con ojos de gato. Medio mareado, sentía como la sangre le brotaba a borbotones de su sien, y sus piernas le dolían mucho, aunque peor le había ido a varios de sus compañeros, que yacían muertos o mutilados. Se incorporó como pudo para apreciar mejor la vista, no podía desaprovechar esta oportunidad que el destino le brindaba, y finalmente, tras varios minutos de ávida observación, exclamó: « ¡Magnífico, magnífico!».


http://calaveradecaballo.blogspot.com 

2 comentarios:

Elena R. dijo...

Muchas gracias, wapaaaa!!!
Así me gusta,ya sabes que como amiga mía tienes la imperiosa OBLIGACIÓN de elogiar todo lo que yo haga Muhaa ahahahahaha!!!
Ahora en serio, dile a la Bruna que suba el nivel de participaciones en este blog, porque o si no le enviaré a los de la ASCEM para dar uno de sus paseos en coche... XD

Musa dijo...

Querida Elena:
Dice Bruna que aquí estamos para cuando quieras participar, comentar, etc. Y que de paso corras la voz -si puedes. Esperamos y queremos y damos la bienvenida a todo el mundo.

Somos de inspiración soviética.

;)