30 ago. 2012

Ge + De

Quisiera compartir con vosotros un cuento al que le he estado dando vueltas durante las últimas semanas. Se trata de un ejercicio, una experimentación estilística. Y la historia de amor de Ge y De. 

Que tengáis una feliz lectura. Gracias por vuestro tiempo. Y si os apetece, agradeceré enormemente vuestra opinión. Dejar comentarios es gratuito ;)


Más reseñas en breve,

Jen

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Cuando Ge se murió, o quizá partió, De siguió preparándole la cena. Todos los días, a las diez menos cinco exactamente, le colocaba el plato en la mesa frente al suyo. Y se sentaba a contemplar la silla vacía. No siempre tenía la misma reacción ante la ausencia de Ge: a veces, cuando creía que había muerto a causa de la enfermedad, se echaba a llorar y entonces no probaba bocado. Otras, cuando De pensaba que Ge se había ido porque su amor se había terminado, se enfadaba de tal forma que empezaba a soltar improperios y acusaciones que llegaban tarde. Otras veces tocaban los días buenos, se encogía de hombros y se concentraba en el plato, con resignación. Incluso pensaba que pronto volvería. Que a pesar de todo se querían lo suficiente como para tener este tipo de altibajos y superarlos. Muchas veces se sumergía en pensamientos oscuros y no sabía bien por qué persistía ante aquella silla vacía. Qué sentido podía tener la vida si Ge no estaba a la hora de cenar, comentando las últimas noticias con pasión, indignándose porque al vecino se le había vuelto a romper la bolsa de la basura en el rellano y no lo había recogido; Ge hablando de su madre, del trabajo, de que se quería comprar un tocadiscos. Ge diciendo que tenía que ir al médico pero no quería. Ge quejándose de aquella casa, de aquella ciudad, de De. Y De sonreía, reía, asentía y hacía ver que escuchaba con atención. Pero sin prestarle demasiada. Porque lo daba todo por hecho. De siempre en su mundo. Imaginándose protagonista de múltiples fantasías. Sin demostrar lo mucho que quería a Ge, sin disfrutar al máximo de cada momento, minuto; sin registrar del todo lo que salía de aquella boca tan deseada. De, tan poco pasional.
         Y ahora la soledad pesaba tanto como un plato a la hora de cenar. Quizá era llevadera, pero todos los días estaba ahí y humeaba.
         Nunca se dio cuenta de cuándo empezó a dejar los platos de Ge en la mesa, por si volvía con hambre una vez que De se hubiera acostado. Incluso apiló uno sobre otro durante una semana. Por ejemplo, un día puso la ensalada sobre un trozo de pizza reseca y enmohecida. Así hasta llenar la mesa. Así hasta quitarse el sitio de su propio plato. De le ponía el plato de la cena a Ge, pero nunca lo recogía. No vaciaba el contenido. No lo fregaba y lo guardaba en la despensa. Prefería no darse cuenta de que prepararle la cena a Ge era un despilfarro innecesario.
         Cuando se le acabó el espacio en la mesa, empezó a ocupar el suelo inmediato. Un día no tuvo más remedio que ir al supermercado a por más platos y otra cubertería. Más vasos, nuevas servilletas de tela. En cuestión de medio año, había ocupado todo el espacio de la cocina, que apestaba y estaba llena de moscas y otros invertebrados más repulsivos. Saltaba entre los platos para llegar hasta la nevera y llenarla con comida para dos; saltaba entre las sobras intactas de antiguas cenas para volver a encender los fogones y cocer pasta para dos; saltaba para salir de allí y meterse sin compañía en una cama para dos. Pero renunciaba a que la marcha de Ge fuera irreversible, pues creía en la Resurrección de la carne y confiaba en que Ge recapacitaría y echaría de menos su antiguo hogar. Todo esto le impulsó a invadir el pasillo con nuevos platos para Ge. Sus platos favoritos.
         Pero pasó un año más y también ocupó sin piedad el salón, el baño, el cuarto de invitados y las mesillas de su habitación. El olor era bastante insoportable; el cuadro, un bodegón en honor a la enajenación. Muchos fueron los vecinos que se quejaron, familiares y amigos dejaron de visitar a De por si acaso. Porque seguía creyendo con un fervor inigualable en el regreso de Ge. O quizá De los expulsó de su vida cuando quisieron meterle entre ceja y ceja un poco de razón. Pero no soportaba ese «Hazte a la idea de que no va a volver». Ge, su gran amor. Le parecían malignas insinuaciones por parte de los que creía sus allegados, así que les prohibió el paso a su fortaleza de comida podrida, donde la abundancia se medía en platos sucios y apestosos.
         De siguió hasta que ya no quedó espacio ninguno para pasar entre los platos. Tantas tortillas había aplastado que ninguno de sus zapatos lucía limpio. Se deshizo de muchas pertenencias para seguir preparándole la cena a Ge: libros, ropa, mantas, todo lo que albergaran los cajones de su casa; metió platos en la bañera y dejó de ducharse. Y no paró, hasta que a su alrededor sólo había montañas de platos en falso equilibrio. No paró hasta meter más de mil doscientos platos en aquel piso. Y cuando una vez se mareó por el fuerte olor y tropezó con una gigantesca columna de platos rancios, se dio cuenta de que habían pasado más de tres años.
         Y Ge no había vuelto.
         Cuando recuperó la conciencia, un pensamiento se disparó de su boca:
         —Así cómo va a volver. Qué asco doy.
         De decidió que limpiaría. Que sacaría toda aquella inmundicia del hogar donde tanto se habían amado y ahora solo había platos sucios para tapar la desesperación y un corazón roto. Pero lo enmendaría. De volvería a ser aquella persona capaz de enamorar a Ge. Volvería a comportarse como un ser racional y civilizado, que friega los platos después de cenar y ve a los amigos.
         Y así volvería Ge.
         Por si acaso, compraría una ouija; quizá buscar su tumba y llevarle flores todos los días. Y vivir en el recuerdo de aquellos días tan felices. O podía hacer la maleta y descubrir adónde había partido Ge. Presentarse con un ramo y de rodillas pedir perdón por lo que fuera. Y vivir nuevos días felices.
         Porque lo cierto es que De nunca se enteró del todo bien de aquel capítulo tan importante en su vida; no tuvo tiempo para pelear por aquella persona tan especial; no era capaz de comprender por qué, ni de encontrar un motivo coherente. No recordaba cómo había muerto Ge, o cómo y por qué se había marchado, si había sido a escondidas mientras De estaba trabajando o durmiendo plácidamente. O si vio como Ge salía por la puerta y De no fue capaz de impedirlo por tonto orgullo.
Sólo sabía que Ge ya no estaba.
Y De se había sumido en la miseria.
         Recuerdo perfectamente el día que De decidió emprender su búsqueda y poner en orden su vida. Decidió dejar la casa bien limpia. Se deshizo de toda la basura: ocupó más de veinte bolsas de plástico y bajó todos los platos sucios haciendo un ruido de mil demonios.
         Desinfectó la casa. Retiró las cortinas, las fundas de los sofás. Tiró los manteles apolillados. Los trapos viejos. Las sábanas mancilladas con gratén carcomido. Pasó la fregona, la escoba, limpió los cristales. Rascó entre las juntas de las baldosas, los fogones, un montón de ollas. Vació la nevera, llenó el congelador y el armario de provisiones por si las moscas. Y por último, pintó las paredes de un color crema. Muy elegante.
Cuando hubo terminado, De tomó un baño y se vistió con la ropa que más le gustaba a Ge; por suerte, no había tirado la cazadora amarilla ni los zapatos plateados. Así era De en realidad, un poco futurista. Y preparó el equipaje para emprender una larga investigación, lo que hiciera falta para encontrar a Ge: agenda telefónica, mapa, guía de Europa. Se compró una brújula, sacó todo el dinero del banco y se hizo una tarjeta de crédito. Haría lo imposible, aunque significase tener que pasar al Más Allá, aunque tuviera que recorrer la Tierra tres veces a pie. Libros, el diario de Ge, su partida de nacimiento. Una mochila pequeña. Y además la fe. Una fe ciega y absoluta. De iba a encontrar a Ge.
         A la mañana siguiente, De atravesó el umbral de casa, cerró con llave. La vecina de al lado esperaba en el rellano con cara de asco y los rulos puestos. Lo que dijo no fue agradable de escuchar, así que De hizo caso omiso. No era momento de reproches y faltas pasadas, ni de destacar el poco civismo que había mostrado. Se cargó al hombro la bolsa e inició un descenso con paso seguro, firme. Abrió la puerta a las 10 un lunes. Un autobús pasaba precisamente en ese momento por su calle. Estaba a punto de detenerse en la parada a unos cien metros.
         El sol brillaba. Olía a ciudad.
         De no lo pensó un momento. Decidió subirse. Pagar el billete, sentarse en la ventanilla y espiar a los demás durante el trayecto. Observar. Iniciar su viaje sin retorno.
 Tras Ge. Porque Ge era todo. Y nunca lograría superar su muerte, o su partida, si no conseguía dar con su paradero y saber qué le había pasado.
         Quizá encontró a Ge.
Quizá no. 



5 comentarios:

Clementine dijo...

estoy llorando...

Musa dijo...

Que sea porque De encontró a Ge. Yo no pierdo la esperanza :)

Cristina García Lopez dijo...

Oohh!! Que lo encuentre, que lo encuentre!! XD Me gusta más este final que el otro que tenia antes. Ya te haré un par de ilustraciones para este cuento, que me vinieron dos imágenes. ¡Y sin genero! ;)

Jordi T. Pardo dijo...

Te diré. Lo he leído y a pesar de lo corto que es he tardado un poco en hacerlo porque transmite muy bien la sensación de pérdida y provoca que te vengan imágenes a la cabeza por lo que te encuentras recordando cosas, al menos a mí me ha pasado con tu historia, y no necesariamente tristes y eso hace que te pares a pensar. Esto aunque pueda parecer un pero para mí no lo es porque eso quiere decir que tiene fuerza y eso en un cuento, cuando no hay tanto desarrollo, es muy importante.

Musa dijo...

Parece un cuento de interiorismos personales :) Ya me contarás en privado qué tenías en mente; no en situaciones, en personajes.

Mua y miles de mercises.